“Mercy”, de George R.R.Martin

Aviso de spoiler

Si no has leído “Danza de dragones”, este texto te revelará numerosos detalles que podrías no querer conocer de antemano. Quedas advertido.

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George R.R. Martin sigue con su política de adelantar fragmentos de la continuación de “Canción de Hielo y Fuego”, que se titulará “The Winds of Winter” y nos ha hecho llegar un nuevo capítulo, titulado “Mercy“. Con este ya son tres los capítulos publicados. Los anteriores también están traducidos en este blog:

  • Theon (relatado por el desafortunado heredero de las Islas del Hierro, a quién habíamos perdido de vista hace algún tiempo, hasta el punto de creer que estaba muerto).
  • Arianne (relatado por la princesa Arianne de Dorne, a quién habíamos dejado en Lanza del Sol, tras su fracasado complot para coronar a Myrcella Baratheon. En el capítulo, su padre, el príncipe Doran la envía a encontrarse con el recién desembarcado Jon Connington y establecer si quién le acompaña es el resucitado hijo de Elia y Rhaegar)

El texto original está en http://georgerrmartin.com/if-sample.html y evidentemente, es Copyright © 2014 by George R.R. Martin. He incluido algunas notas al final de la traducción, pero es conveniente leerlas tras disfrutar (eso espero) el texto.

Mapa de Braavos
Mapa de Braavos, donde se desarrolla el capítulo. Pulsa en la imagen para más mapas de la ciudad libre.

Mercy (1)

Despertó jadeando, sin saber quién era o dónde estaba.

Aún sentía el olor de la sangre con fuerza en la nariz… ¿o era parte de la pesadilla, que aún no se había desvanecido? Había soñado con lobos de nuevo, con carreras a través de algún oscuro bosque de pinos y una gran manada detrás de ella, siguiendo de cerca el rastro de la presa.

Una media luz llenaba la habitación, gris y melancólica. Con un estremecimiento, se sentó en la cama y deslizó una mano sobre su rapada cabeza. Sintió el pelo de tres días contra la palma. Necesito afeitarme antes de que me vea Izembaro. Mercy, soy Mercy, y esta noche seré violada y asesinada. Su verdadero nombre era Mercedene, pero Mercy era como todo el mundo le llamaba siempre…

Excepto en sueños. Tomó aire para aquietar el sonido de su corazón, tratando de retener algún detalle más de lo que había en su sueño, pero la mayoría se había ido ya. En todo caso, recordaba que había habido sangre en él y la luna llena sobre su cabeza, y un árbol que la miraba mientras corría.

Había dejado abiertas las contraventanas, para que la luz del sol la despertara. Pero no había sol más allá de la ventana de la pequeña habitación de Mercy, solo un cambiante muro de niebla gris. El aire se había hecho glacial… y aquello era una cosa buena, de lo contrario podría haber dormido todo el día. Habría sido algo muy de Mercy dormirse durante su propia violación.

Tenía la carne de gallina en las piernas. El cobertor se le había enrollado como una serpiente. Lo desató y lanzó la sabana al vacío suelo de tablones y caminó desnuda hasta la ventana. Braavos se había perdido en la niebla. Podía ver el agua verde del pequeño canal de abajo, la calle adoquinada que corría bajo su edificio, dos arcos del mohoso puente… pero el extremo alejado del puente se desvanecía en la grisura, y de los edificios de más allá del canal tan solo quedaban unas vagas luces. Oyó un suave chapoteo cuando una barca serpiente emergió bajo el arco central del puente.

—¿Qué hora es? —gritó Mercy al hombre que se erguía junto a la elevada cola de la serpiente, empujándola hacia delante con su remo. El marinero alzó la vista, buscando el origen de la voz.

—Las cuatro después del bramido del Titan. —Sus palabras levantaron ecos vacíos de las arremolinadas aguas verdosas y los muros de los invisibles edificios.

Aún no llegaba tarde, pero no podía holgazanear. Mercy era un alma alegre y una buena trabajadora, pero no excesivamente puntual. Eso no era adecuado esa noche. Se esperaba al enviado de Poniente e Izembaro no estaría de humor para excusas, incluso si las ofrecía con una dulce sonrisa.

Había llenado su palangana en el canal la noche anterior antes de dormir, ya que prefería el agua salobre a la lodosa y verde agua de lluvia que se cocía en la cisterna de detrás. Mojando una áspera toalla, se lavó desde la coronilla hasta el dedo gordo, sosteniéndose sobre una pierna para restregar sus callosos pies. Tras eso, buscó su cuchilla. Una cabeza bien afeitada ayudaba a las pelucas a mantenerse mejor, clamaba siempre Izembaro.

Se afeitó, se puso su ropa interior y deslizó un informe vestido de lana marrón por la cabeza. Una de sus medias necesitaba un remiendo, advirtió a medida que se la subía. Le pediría ayuda a Snapper (2); su habilidad para coser era tan mísera que la señora del guardarropa habitualmente se apiadaba de ella. Y si no, puedo agenciarme un par más bonito del guardarropa. Sin embargo, eso era arriesgado. Izembaro odiaba que los comediantes(3) llevaran su ropa por la calle. Excepto Wendeyne. Si le chupa un poco la polla a Izembaro, una chica puede llevar el vestido que quiera. Mercy no se engañaba sobre eso. Daena le había advertido. «Las chicas que toman ese camino acaban en El Barco, donde todo hombre del foso sabe que puede obtener cualquier cosa bonita que haya visto en el escenario, siempre que su bolsa sea lo suficientemente pesada».

Sus botas eran bultos de vieja piel marrón, moteados con manchas de sal y agrietadas por el mucho uso, su cinturón un trozo de cuerda de cáñamo en color azul. Lo ató alrededor de su cintura y colgó un cuchillo sobre su cadera derecha y un bolso de monedas en la izquierda. Finalmente, se envolvió la capa sobre los hombros. Era una auténtica capa de comediante, lana púrpura forrada de seda roja, con una capucha para protegerla de la lluvia, y tres bolsillos secretos, además. Había escondido algunas monedas en uno de ellos, una llave de hierro en otro y una espada en el último. Una auténtica espada, no un cuchillo de frutas como el que llevaba en la cadera, pero no pertenecía a Mercy, no más que sus otros tesoros. El cuchillo para frutas pertenecía a Mercy. Ella estaba hecha para comer fruta, sonreír y bromear, para trabajar duro y hacer lo que le mandaban.

«Mercy, Mercy, Mercy» canturreaba mientras descendía la escalera de madera hasta la calle. El pasamanos estaba astillado, los escalones eran empinados, y había cinco tramos, pero por eso había conseguido la habitación tan barata. Eso y la sonrisa de Mercy. Podía ser calva y escuchimizada, pero tenía una bonita sonrisa y cierta gracia. Incluso a Izembaro le parecía que era muy agraciada.

No estaba lejos de La Puerta a vuelo de cuervo, pero para chicas con pies en lugar de alas, el camino era más largo. Braavos era una ciudad retorcida. Las calles eran retorcidas, los callejones eran retorcidos y los canales eran lo más retorcido de todo. La mayoría de los días prefería ir por el camino largo, bajando por la Carretera del Trapero a lo largo del Puerto Exterior, donde tenía el mar ante ella y el cielo encima, y una clara visión a lo largo de la Gran Laguna hasta el Arsenal y las laderas llenas de pinos del Escudo Sellagoro. Los marinos la saludarían a medida que pasara por los muelles, gritando desde lo alto de los alquitranados balleneros ibbaneses y las panzudas cocas ponientis. Mercy no podía siempre comprender sus palabras, pero sabía lo que estaban diciéndole. Algunas veces, les devolvía una sonrisa, y les decía que podían encontrarla en La Puerta si tenían el dinero suficiente.

El camino largo también la llevaba a través del Puente de los Ojos, con sus caras talladas en piedra. Desde lo alto, podía mirar a través de los arcos y ver toda la ciudad: las verdosas cúpulas de cobre del Palacio de la Verdad, los mástiles elevándose como un bosque del Puerto Púrpura, las altas torres de los poderosos, el dorado trueno girando en su espiral sobre el Palacio del Señor del Mar… incluso los hombros de bronce del Titan, más allá de las oscuras aguas verdes. Pero eso era solo cuando el Sol brillaba sobre Braavos. Si la niebla era espesa, no había nada que ver excepto la grisura, así que hoy Mercy escogió la ruta corta para ahorrar uso a sus pobres botas agrietadas.

Las nieblas parecían apartarse ante ella y cerrarse de nuevo apenas pasaba. Los adoquines estaban húmedos y resbaladizos bajo su pie. Oyó a un gato gemir con melancolía. Braavos era una buena ciudad para los gatos, que deambulaban por doquier, especialmente por la noche. En la niebla todos los gatos son grises, pensó Mercy. En la niebla todos los hombres son asesinos.

Nunca había visto una niebla tan espesa como aquella. En los canales mayores, los hombres del agua podían precipitar sus barcas serpiente unas contra otras, incapaces de distinguir más allá de débiles luces desde los edificios que los bordeaban.

Mercy se cruzó con un anciano con una linterna que caminaba en dirección contraria y envidió su luz. La calle estaba tan en penumbras que apenas distinguía dónde ponía el pie. En las partes más humildes de la ciudad, las casas, tiendas y almacenes se apretaban entre sí, apoyándose unos contra otros como amantes borrachos, sus pisos superiores tan cercanos que podías saltar de un balcón al de enfrente. Abajo, las calles se convertían en túneles oscuros donde cada paso levantaba ecos. Los canales pequeños eran incluso más peligrosos, ya que muchas de las casas que se alzaban en sus orillas tenían letrinas que sobresalían sobre el agua. A Izembaro le encantaba declamar el diálogo del Señor del Mar de La melancólica hija del mercader, sobre cómo «el último Titan aún se mantiene aquí , a horcajadas sobre los hombros de sus hermanos», pero Mercy prefería la escena en la que el gordo mercader cagaba sobre la cabeza del Señor del Mar justo cuando pasaba bajo él en su barcaza dorada-y-púrpura. Solo en Braavos podría ocurrir algo así, se decía, y solo en Braavos tanto el Señor del Mar como el marinero llorarían de risa al verlo.

La Puerta se levantaba cerca del borde de la Ciudad Ahogada, entre el Puerto Exterior y el Puerto Púrpura. Un antiguo almacén se había quemado allí  y el suelo se hundía un poco más cada año, así que la tierra era barata. Sobre los inundados cimientos de piedra del almacén, Izembaro había levantado su cavernoso teatro. La Cúpula y El Farol Azul podían disfrutar de entornos más a la moda, decía a sus comediantes, pero aquí, entre los puertos, nunca les faltarían marineros y putas para llenar su foso. La Nave estaba cerca, atrayendo aún hermosas multitudes al muelle donde había atracado veinte años atrás, afirmaba, y La Puerta florecería también.

El tiempo le había dado la razón. El escenario de La Puerta había desarrollado una inclinación a medida que el edificio se asentaba, sus vestidos tendían a tener moho y las serpientes de agua anidaban en la inundada bodega, pero nada de eso preocupaba a los comediantes mientras la casa estuviera llena.

El último puente estaba hecho de cuerdas y planchas sin desbastar, y parecía disolverse en la nada, pero solo era niebla. Mercy correteaba por él, con sus talones repicando contra la madera. La bruma se abrió ante ella como como un andrajoso telón gris para revelar el teatro. Una luz amarillenta y mantecosa se vertía a través de las puertas y Mercy podía oír voces en su interior. Junto a la entrada, Gran Brusco había pintado sobre el título de la última obra, y escrito La mano sangrienta en su lugar con grandes letras rojas. Estaba pintando una sanguinolenta mano bajo las palabras, para aquellos que no podían leer. Mercy se detuvo para echarle un vistazo.

—Bonita mano —le dijo.

—El pulgar ha quedado torcido —Brusco lo golpeó con su pincel—. El Rey de los Comediantes ha preguntado por ti.

—Estaba tan oscuro que dormí y dormí. —Cuando por primera ver Izembaro se refirió a sí mismo como el Rey de los Comediantes, la compañía había sentido un perverso placer, saboreando la ira de sus rivales de La Cúpula y El Farol Azul. Últimamente, sin embargo, Izembaro había comenzado a tomarse su título demasiado a pecho. «Ahora sólo quiere interpretar reyes», decía Marro, poniendo los ojos en blanco, «y si la obra no incluye un rey, pronto ni siquiera la representaremos».

La mano sangrienta ofrecía dos reyes, el gordo y el muchacho. Izembaro interpretaría al gordo. No era un papel largo, pero tenía un hermoso discurso mientras yacía moribundo y una espléndida lucha contra un demoníaco jabalí antes de eso. Phario Forel era su autor y tenía la pluma más sangrienta de todo Braavos.

Mercy encontró a la compañía reunida detrás del escenario y se deslizó entre Daena y Snapper, al fondo, esperando que su tardanza pasara inadvertida. Izembaro estaba diciéndole a todos que esperaba que La Puerta estuviera llena hasta la bandera aquella tarde, a pesar de la niebla.

—El Rey de Poniente ha mandado un enviado para homenajear al Rey de los Comediantes esta noche —contaba a su troupe. —Nos no decepcionaremos a nuestro colega monarca.

—¿Nos? —dijo Snapper, que confeccionaba todos los vestidos para los comediantes—. ¿Acaso hay más de uno, ahora?

—Está lo suficientemente gordo para que cuente por dos —susurró Bobono. Cada compañía de comediantes debe tener un enano. Él era el suyo. Cuándo vio a Mercy, le lanzó una mirada lasciva—. ¡Aha! —dijo—. Ahí está ella. ¿Está la niñita lista para su violación? —Se pasó la lengua por los labios.

Snapper le golpeó en la cabeza.

—Silencio.

El Rey de los Comediantes había ignorado la breve conmoción. Aún estaba hablando, describiendo a la compañía lo magníficos que debían mostrarse. Además del enviado de Poniente, habría serenos (4) entre la multitud esa tarde, y famosas cortesanas también. Esperaba que no se marcharan con una pobre opinión de La Puerta.

—Mal le irá a cualquier hombre que me falle —prometió, una amenaza que había tomado del discurso que el Príncipe Garin daba en la víspera de la batalla en La ira de los Señores Dragón, la primera obra de Phario Forel.

Para cuando Izembaro finalmente acabó de hablar, quedaba menos de una hora para comenzar la función, y los comediantes estaban frenéticos e impacientes por turno. La Puerta retumbaba con el sonido del nombre de Mercy.

—Mercy —imploraba su amiga Daena—, Lady Stork ha tropezado en el dobladillo de su vestido de nuevo. Ven a ayudarme a coserlo.

—Mercy —llamaba el Extraño—. Tráeme la maldita pasta, mi cuerno se está soltando.

—Mercy —bramaba el mismísimo Izembaro El Grande—. ¿Qué has hecho con mi corona, chica? No puedo hacer mi entrada sin mi corona. ¿Cómo sabrían que soy un rey?

—Mercy —chillaba Bobono el enano—. Mercy, algo está mal en mis cordones, mi polla sigue saliéndose.

Ella fue a buscar la pegajosa pasta y sujetó el cuerno izquierdo del Extraño de nuevo en su frente. Encontró la corona de Izembaro en el retrete, donde siempre se la dejaba y le ayudó a sujetarla a su peluca, y luego corrió a por aguja e hilo para que Snapper pudiera coser el dobladillo en el vestido de tela dorada que la reina vestiría en la escena de la boda.

Y por supuesto que la polla de Bobono colgaba fuera. Estaba hecha para que colgara, para la violación. Vaya cosa repulsiva, pensaba Mercy mientras se arrodillaba ante el enano para arreglarla. La polla tenía un pie de largo y era tan gruesa como su brazo, lo suficientemente grande para ser vista desde el palco más alto. El tintorero había hecho un pobre trabajo con el cuero, sin embargo; la cosa tenía un moteado rosa y blanco, con una cabeza bulbosa con el color de una ciruela. Mercy la metió de nuevo en los calzones de Bobono y los ató.

—Mercy —le cantaba a medida que ella apretaba los cordones—, Mercy, Mercy ven a mi habitación esta noche y conviérteme en un hombre.

—Te convertiré en un eunuco si sigues desatándote para que hurgue en tu entrepierna.

—Somos el uno para el otro, Mercy —insistía Bobono—. Mira, somos de la misma altura.

—Solo cuando me arrodillo. ¿Recuerdas tu primera línea? —Tan solo había pasado quince días desde que el enano se había tambaleado hasta el escenario borracho y había abierto La angustia del Arconte con el refunfuñante discurso de La lujuriosa dama del mercader. Izembaro lo despellejaría vivo si la pifiaba de nuevo, y sin preocuparse por lo difícil que fuera encontrar un buen enano.

—¿Qué estamos representando, Mercy? —preguntó inocentemente Bobono.

Está tomándome el pelo, pensó Mercy. No está borracho esta noche, conoce perfectamente la función.

—Estamos representando La mano sangrienta, la nueva de Phario, en honor al enviado de los Siete Reinos.

—Ahora recuerdo —Bobono bajó su voz hasta un siniestro gruñido. —El dios de las siete caras me ha engañado —declamó. —A mi noble señor lo hizo del más puro oro y de oro hizo a mis hermanos, varón y hembra.Pero yo estoy hecho de materia más oscura, de huesos y sangre y barro, retorcido en esta tosca forma que ves ante ti. —Dicho esto, agarró el pecho de la chica, rebuscando un pezón—. No tienes tetas. ¿Cómo voy a violar a una chica sin tetas?

Ella agarró su nariz entre el pulgar y el índice y la retorció.

—Y tú no tendrás nariz hasta que me quites las manos de encima.

—Ouuuuu… —se quejó el enano, soltándola.

—Me saldrán tetas en un año o dos —Mercy se levantó, alzándose sobre el hombrecillo—. Pero a ti no te crecerá otra nariz. Piensa en eso ante de volverme a tocar ahí.

Bobono se frotó su tierna nariz.

—No es necesario ser tan tímida. Estaré violándote enseguida.

—No hasta el segundo acto.

—Siempre le doy un tierno apretón a las tetas de Wendeyne cuando la violo en La angustia del Arconte —se quejó el enano—. A ella le gusta y al foso también. Tienes que complacer al foso.

Esa era una de las “sabidurías” de Izembaro, como le gustaba llamarlas. Tienes que complacer al foso.

—Apuesto a que al foso le gustaría que arrancara la polla del enano y le golpeara la cabeza con ella —replicó Mercy—. Eso es algo que no han visto antes—. Dadles siempre algo que no hayan visto antes era otra de las “sabidurías” de Izembaro, y una para la que Bobono no tenía fácil respuesta—. Ya estás listo —anunció Mercy—. Ahora, veamos si puedes conservar tus calzones hasta que sea necesario.

Izembaro la llamaba de nuevo. Ahora no podía encontrar su lanza del jabalí. Mercy se la encontró, ayudó a Gran Brusco vestir su traje de jabalí, comprobó las falsas dagas, solo para asegurarse de que nadie las había cambiado por armas verdaderas (alguien había hecho eso en La Cúpula una vez y un comediante había muerto) y sirvió a Lady Stork el sorbo de vino que le gustaba tomar antes de cada representación. Cuando todos los gritos de «Mercy, Mercy, Mercy» se desvanecieron finalmente, robó un momento para echar un rápido vistazo a la casa.

El foso estaba tan lleno como siempre lo había visto, y el público ya estaba disfrutando, bromeando y empujándose, comiendo y bebiendo. Vio a un buhonero vendiendo trozos de queso, arrancándolos de la rueda con sus dedos cada vez que encontraba un comprador. Una mujer llevaba una bolsa de arrugadas manzanas. Pellejos de vino pasaban de mano en mano, algunas chicas estaban vendiendo besos y un marinero estaba tocando la flauta marina. El hombrecillo de ojos tristes llamado Quill estaba de pie al fondo; había venido a ver si podía robar algo para sus propias obras. Cossomo el Conjurador también había venido, y en sus brazos estaba Yna, la puta de un solo ojo de Puerto Feliz, pero Mercy no podía conocer estos dos, y ellos no conocerían a Mercy. Daena reconoció algunos habituales de La Puerta en la multitud y los señaló para ella; el tintorero Dellono con su blanco rostro contraído y manos moteadas de púrpura; Galeo, el fabricante de salchichas con su grasiento delantal de cuero; el alto Tomarro, con su rata mascota en un hombro.

—Mejor será que Tomarro no deje a Galeo ver esa rata —advirtió Daena. —Esa es la única carne que pone en sus salchichas, según he oído —Mercy se cubrió la boca y rió.

El anfiteatro también estaba repleto. El primer y tercer nivel eran para mercaderes y capitanes y otra gente respetable. Los jaques preferían el cuarto y más alto, donde los asientos eran más baratos. Era un carnaval de brillantes colores allí arriba, mientras debajo dominaban tonos más sobrios. El segundo piso estaba separado en palcos, donde los poderosos podían estar cómodos y en privado, a salvo de la vulgaridad de arriba y abajo. Tenían la mejor vista del escenario y sirvientes para traerles comida, vino, cojines, lo que desearan. Era raro encontrar el segundo piso ocupado más allá de la mitad de su capacidad en La Puerta; la mayoría de los poderosos que querían paladear una noche de comedia se inclinaban más a visitar la Cúpula o El Farol Azul, donde la oferta era considerablemente más sutil y poética.

Sin embargo, esa noche era diferente, sin duda debido a la presencia del enviado ponienti. En uno de los palcos se sentaban tres retoños de Otharys, cada uno acompañado por una famosa cortesana; Prestain se sentaba solo, un hombre tan anciano que te maravillabas de que hubiera podido alcanzar su asiento; Torone y Pranelis compartían un palco, ya que les unía una incómoda alianza; la Tercera Espada había invitado a media docena de amigos.

—Cuento cinco serenos —dijo Daena.

—Besaro está tan gordo que deberías contarlo dos veces —replicó Mercy, riéndose. Izembaro tenía una buena barriga, pero comparado con Bessaro era tan esbelto como un sauce. El sereno era tan grande que necesitaba un asiento especial, el triple del tamaño de una silla corriente.

—Son todos unos gordos, esos Reyaan —dijo Daena—. Barrigas tan grandes como sus barcos. Debes haber visto al padre. Hace que este parezca pequeño. Una vez fue convocado al Palacio de la Verdad para votar, pero al subir a su barca, se hundió —sujetó a Mercy del codo. —Mira, el palco del Señor del Mar —El Señor del Mar nunca había visitado La Puerta, pero pese a ello Izembaro había reservado un palco para él, el mayor y más opulento en la casa—. Ese debe ser el enviado ponienti. ¿Alguna vez has visto semejantes ropas en un anciano? Y mira, ¡se ha traído a la Perla Negra!

El enviado era delgado y se estaba quedando calvo, con un divertido jirón de barba gris creciendo de su barbilla. Su capa era de terciopelo amarillo, y también lo eran sus calzones. Su jubón era de un azul tan brillante que casi hicieron llorar a los ojos de Mercy. En su pecho estaba bordado un escudo en hilo amarillo, y en el escudo había un orgulloso gallo azul resaltado en lapislázuli. Uno de sus guardas le ayudó a sentarse, mientras otros dos permanecieron detrás de él, al fondo del palco.

La mujer que le acompañaba no podía tener más del tercio de su edad. Era tan encantadora que las lámparas parecían brillar más a su paso. Llevaba un vestido de corte bajo de pálida seda amarilla, deslumbrante contra el ligero bronceado de su piel. Su negro cabello estaba recogido en una red de oro hilado y un collar azabache y oro acariciaba la parte superior de sus generosos pechos. Mientras las chicas miraban, se inclinó hacia el enviado y le susurró algo al oído que le hizo reír.

—Deberían llamarla la Perla Morena —le dijo Mercy a Daena—. Es más morena que negra.

—La primera Perla Negra era negra como un frasco de tinta —dijo Daena—. Era una reina pirata concebida por un hijo del Señor del Mar en una princesa de las Islas del Verano. Un rey dragón de Poniente la tomó como amante.

—Me gustaría ver un dragón —dijo melancólica Mercy—. ¿Por qué el enviado tiene una gallina en su pecho? —Daena aulló.

—Mercy, ¿acaso no sabes nada? Es su blasón. En los Reinos del Atardecer todos los señores tienen blasones. Algunos tienen flores, otros pescados, algunos osos y alces y otras cosas. Mira, los guardas del enviado llevan leones.

Era cierto. Había cuatro guardias: hombres grandes de mirada dura, con cotas de malla y pesadas espadas largas ponientis enfundadas en las vainas de sus caderas. Sus capas carmesí estaba bordeadas con doradas espirales, y leones dorados con ojos de color rojo granate cerraban cada capa en el hombro. Cuando Mercy echó una mirada a las caras bajo los cascos dorados coronados de leones, su tripa se revolvió. Los dioses me han hecho un regalo. Sus dedos apretaron con fuerza el brazo de Daena.

—Ese hombre. El que está al final, detrás de la Perla Negra.

—¿Qué pasa con él? ¿Lo conoces?

—No —Mercy había nacido y crecido en Braavos, ¿cómo podría conocer a ningún ponienti? Tuvo que pensar un momento. —Es tan solo que… bueno, es guapo y agradable a la vista, ¿no crees? —Lo era, de una forma basta, aunque sus ojos eran duros.

Daena se encogió de hombros.

—Es muy viejo. No tan viejo como los otros, pero… Puede tener treinta. Y es ponienti. Son salvajes terribles, Mercy. Mejor aléjate de los de su clase.

—¿Alejarme? —Mercy lanzó una risita sofocada. Era una niña de risitas sofocadas, Mercy—. No. Quiero acercarme —le dio un abrazo a Daena—. Si Snapper me busca —dijo—, cuéntale que he salido a repasar mis líneas de nuevo—. Solo tenía unas pocas y la mayoría eran tan solo “Oh, no, no, no” y “No, oh no me toquéis” y “Por favor, milord, aún soy virgen” pero esta era la primera vez que Izembaro le había dado cualquier tipo de línea, así que era de esperar que la pobre Mercy quisiera decirlas bien.

El enviado de los Siete Reinos había metido a dos de sus guardas en el palco para que permaneciesen detrás suyo y de la Perla Negra, pero los otros dos estaban apostados justo fuera de la puerta, para asegurar que no era molestado. Estaban hablando en voz baja en la lengua común de Poniente cuando se deslizó silenciosa tras ellos en el oscurecido pasaje. Aquel no era un lenguaje que Mercy pudiera conocer.

—Por los siete infiernos, qué húmedo es este lugar —oyó quejarse al guarda—. Estoy calado hasta los huesos. ¿Dónde están los malditos naranjos? Siempre había oído que había naranjos en las Ciudades Libres. Limones y limas. Granadas. Pimientos picantes, noches cálidas, chicas con vientres desnudos. ¿Dónde están todas las chicas con vientres desnudos, pregunto?

—Al sur, en Lys y Myr y el Viejo Volantis —replicó el otro guarda. Era un hombre mayor, de barriga prominente y canoso—. Fui a Lys con Lord Tywin una vez, cuando era Mano de Aerys. Braavos está al norte de Desembarco del Rey, estúpido. ¿No puedes leer un maldito mapa?

—¿Cuánto crees que estaremos aquí?

—Más de lo que te gustaría —replicó el mayor—. Si regresa sin el oro, la reina se quedará su cabeza. Además, he visto a esa mujer suya. Hay escaleras en Roca Casterly que no puede bajar por miedo de quedarse enganchada, así está de gorda. ¿Quién volvería a eso, cuando tiene a su reina color hollín?

El guapo guardia hizo un mohín.

—¿Crees que la compartirá con nosotros, después?

—Pero, ¿estás loco? ¿Crees que él se da cuenta de que existimos? El maldito sodomita no acierta nuestros nombres la mitad de las veces. Quizá era diferente con Clegane.

—El ser no era de obras de comediantes y putas de fantasía. Cuando el ser quería una mujer, tomaba una, pero a veces nos dejaba tenerla, después. No me importaría probar esa Perla Negra. ¿Crees que es rosada entre las piernas?

Mercy quería oír más, pero no había tiempo. La Mano Sangrienta estaba a punto de comenzar y Snapper estaría buscándola para ayudarla con los vestidos. Izembaro podría ser el Rey de los Comediantes, pero Snapper era a quien ella temía. Habría tiempo para su guapo guardia más tarde.

La Mano Sangrienta se abría en un cementerio.

Cuando el enano apareció repentinamente por detrás de una lápida de madera, la multitud comenzó a silbar y maldecir. Bobono anadeó hasta la parte delantera del escenario y los miró maliciosamente.

—El dios de las siete caras me ha engañado —comenzó, gruñiendo las palabras—. A mi noble señor lo hizo del más puro oro y de oro hizo a mis hermanos, varón y hembra.Pero yo estoy hecho de materia más oscura, de huesos y sangre y barro…

Por entonces, Marro había aparecido tras él, lúgubre y terrible en la larga y negra túnica de El Extraño. Su cara era negra también, sus dientes rojos y brillantes por la sangre, mientras que cuernos de marfil sobresalían de su frente. Bobono no podía verle, pero los palcos sí y ahora el foso también. La Puerta se quedó mortalmente silenciosa. Marro se movió hacia delante en silencio.

También lo hizo Mercy. Los vestidos estaban todos colgados y Snapper estaba ocupada cosiendo a Daena en su vestido para la escena de la corte, por lo que la ausencia de Mercy no debería ser notada. Silenciosa como una sombra, se deslizó por detrás del escenario, subiendo hasta donde los guardias permanecían fuera del palco del enviado. De pie en un oscuro hueco, quieta como la piedra, tenía buena vista de la cara del guardia. La estudió con cuidado. ¿Soy muy joven para él?, pensó, ¿demasiado plana? ¿demasiado delgada? Esperaba que no fuera la clase de hombre que le gustaban las tetas grandes en una chica. Bobono tenía razón acerca de su pecho. Sería mejor si pudiera llevarlo a mi casa, tenerlo todo para mi. Pero, ¿vendrá conmigo?

—¿Piensas que puede ser él? —estaba diciendo el guapo.

—¿Qué pasa, los Otros se han llevado tu juicio?

—¿Por qué no?¿Acaso no es un enano?

—El gnomo no es el único enano en el mundo.

—Puede que no, pero mira, todo el mundo cuenta lo listo que era, ¿verdad? Pues quizá crea que el último sitio del mundo en el que su hermana lo buscaría sería en un espectáculo de comediantes, haciendo bromas de sí mismo. Así que eso es exactamente lo que hace, para retorcer la nariz a la reina.

—Ah, estás loco.

—Bien, quizá le siga después de la comedia. Descubrirlo por mi mismo—. El guardia puso la mano en la empuñadura de su espada—. Si estoy en lo cierto, me convertiré en un señor, y si estoy equivocado, bueno, maldito sea, solo es un enano —. Lanzó un ladrido de risa.

En el escenario, Bobono estaba regateando con el siniestro Extraño de Marro. Tenía una gran voz para un hombrecillo tan pequeño, y ahora la hacía rebotar contra las más altas vigas.

—Dadme la copa —le decía al Extraño—, porque beberé a fondo. Y si sabe a oro y a sangre de leones, mucho mejor. Ya que no puedo ser el héroe, dejadme ser el monstruo y así les enseñaré el miedo en lugar del amor.

Mercy musitó las últimas líneas al unísono con él. Eran mejores líneas que las suyas, y además más apropiadas. Él me deseará o no me deseará, pensó, así que dejemos que la obra comience. Rezó una oración silenciosa al dios de la muchas caras, se deslizó fuera de su hueco y se movió torpemente hacia los guardias. Mercy, Mercy, Mercy.

—Mis señores —dijo—, ¿habláis braavosi? Oh, por favor, decidme que sí.

Los dos guardias intercambiaron una mirada.

—¿De qué va esto? —preguntó el mayor—. ¿Quién es ella?

—Uno de los comediantes —dijo el guapo. Se quitó su bonito pelo de la frente y le sonrió. —Lo siento, dulzura, no hablamos tu jerigonza.

Jaleo y plumas, pensó Mercy, solo conocen la lengua común. Eso no era bueno. Ríndete o sigue adelante. No podía rendirse. Lo necesitaba tanto.

—Conozco vuestra lengua, un poco —mintió, con la más dulce sonrisa de Mercy—. Sois Señores de Poniente, me ha dicho mi amiga.

El mayor rió.

—¿Señores? Sí, eso es lo que somos.

Mercy se miró los pies con timidez.

—Izembaro nos pide complacer a los señores —murmuró—. Si hubiera algo que desearáis, cualquier cosa

Los dos guardias intercambiaron de nuevo una mirada. Entonces, el guapo alargó el brazo y le tocó el pecho.

—¿Cualquier cosa?

—Eres asqueroso —dijo el mayor.

—¿Por qué? Si este Izembaro quiere ser hospitalario, podría ser grosero rechazarle—. Le retorció el pezón a través del tejido de su vestido, de la misma forma que el enano había hecho cuando estaba arreglando su polla para él—. Las comediantes son lo segundo mejor después de las putas.

—Puede ser, pero esta comediante es una niña.

—No lo soy —mintió Mercy—. Ahora soy doncella.

—No por mucho tiempo —dijo el bien parecido guardia—. Soy Lord Rafford, dulzura, y sé exactamente lo que quiero. Súbete las faldas ahora y apóyate contra esa pared.

—Aquí no —dijo Mercy, quitándose la mano de encima—. No dónde la obra está representándose. Podría gritar e Izembaro se volvería loco.

—¿Dónde, pues?

—Conozco un sitio

El guardia mayor frunció el ceño.

—¿Qué, crees que te puedes ir corriendo? ¿Qué pasa si su señoría aparece buscándote?

—¿Por qué lo haría? Tiene un espectáculo que ver. Y tiene su propia puta, ¿por qué no puedo tener la mía? Esto no llevará mucho.

No, pensó ella, no llevará mucho. Mercy lo tomó de la mano, lo dirigió a través de la parte trasera y bajaron los escalones hasta salir a la noche brumosa.

—Podríais ser un comediante, si quisierais -le dijo, mientras la apretaba contra el muro del teatro.

—¿Yo? —El guardia resopló—. No yo, chica. Toda esa maldita cháchara, no recordaría ni la mitad de ella.

—Es duro al principio —admitió—. Pero tras un tiempo, se hace más fácil. Os podría enseñar a decir una línea. Podría.

Él la agarró por la muñeca.

—Yo me encargo de la enseñanza. Es el momento para tu primera lección—. Tiró de ella con rudeza hacía él y la besó en los labios, forzando la lengua dentro de su boca. Era húmeda y babosa, como una anguila. Mercy la lamió con su propia lengua, luego se separó, sin aliento.

—Aquí no. Alguien podría vernos. Mi habitación no está lejos, pero apresuraos.Tengo que estar de vuelta antes del segundo acto, o me perderé mi violación—. Él sonrió.

—No tengas miedo por eso, chica—. Pero la dejo tirar de él tras ella. Tomados de la mano, corrieron a través de la niebla, sobre puentes y a través de callejones y subieron cinco tramos de astilladas escaleras de madera. El guardia jadeaba para cuando irrumpieron a través de la puerta de su pequeña habitación. Mercy encendió una alta vela, y luego bailó a su alrededor, riendo.

—Oh, ahora estáis cansado. Olvidé lo viejo que sois, milord. ¿Queréis echar una pequeña siesta? Tan solo tumbaos y cerrad vuestros ojos, y yo volveré después de que el Gnomo me haya violado.

—Tú no vas a ningún sitio. —La atrajo con rudeza hacia él—. Quítate esos andrajos y te enseñaré lo viejo que soy.

—Mercy —dijo ella—. Mi nombre es Mercy. ¿Podéis decirlo?

—Mercy —dijo él—. Mi nombre es Raff.

—Lo sé —deslizó su mano entre sus piernas y sintió lo duro que estaba a través de la lana de sus calzones.

—Los cordones —le urgió—.Sé una buena chica y desátalos—. En lugar de hacerlo, ella, deslizó su dedo hacia abajo por la parte interior de su muslo. Él lanzó un gruñido—. Maldita, ten cuidado ahí, tú…

Mercy jadeó y dio un paso atrás, con la cara confusa y asustada.

—Estáis sangrando.

—¿Que… —miró hacia abajo—. Los dioses sean benevolentes. ¿Qué me has hecho, coñito?—  Una mancha roja se extendía a lo largo de su muslo, empapando el pesado tejido.

—Nada —chilló Mercy—. Yo nunca… oh, oh, hay tanta sangre. Paradla, paradla, me estáis asustando.

Él agitó la cabeza, con una mirada confusa en su cara. Cuando apretó su mano contra su muslo, la sangre se escurrió entre sus dedos. Corría pierna abajo, y se metía dentro de sus botas. No se le ve tan bien parecido ahora, pensó ella. Ahora solo parece blanco y asustado.

—Una toalla —jadeó el guardia—. Tráeme una toalla, un trapo, aprieta con él. Dioses. Me mareo—. La pierna estaba empapada con sangre desde el muslo abajo. Cuanto trató de poner su peso sobre ella, la rodilla cedió y cayó—. Ayúdame —suplicó, a medida que la entrepierna de sus calzones enrojecía. —La Madre se apiade, chica. Un sanador… corre y encuentra un sanador, rápido…

—Hay uno en el siguiente canal, pero no vendrá. Tenéis que ir hasta él. ¿No podéis andar?

—¿Andar? —Sus dedos estaban pegajosos por la sangre—. ¿Estás ciega, chica? Estoy sangrando como un cerdo ensartado. No puedo andar así.

—Bueno —dijo ella—. No sé cómo vaiss a llegar allí, entonces.

—Tendrás que llevarme.

¿Lo ves?, pensó Mercy, te sabes tu línea, como yo me sé la mía.

—¿De verdad? —pregunto Arya (5), dulcemente

Raff El Dulce (6) la miró con asombro como la larga y delgada hoja salía deslizándose por la manga. Ella la deslizó a través de su garganta bajo la barbilla, la retorció y desgarró lateralmente con un suave movimiento. Siguió una fina lluvia roja y en sus ojos la luz se apagó.

Valar morghulis —susurró Arya, pero Raff estaba muerto y no oía. Arrugó la nariz. Debería haberle ayudado a bajar los escalones antes de matarlo. Ahora tendré que arrastrarle todo el camino hasta el canal y tirarlo dentro. Las anguilas harían el resto.

—Mercy, Mercy, Mercy —cantaba con tristeza. Había sido una chica tonta y frívola, pero de buen corazón. La iba a echar de menos, y echaría de menos a Daena y a Snapper y al resto, incluso a Izembaro y Bobono. Esto crearía problemas entre el Señor del Mar y el enviado con la gallina en su pecho, no lo dudaba.

Pensaría sobre eso más tarde, en todo caso. Ahora mismo no tenía tiempo. Mejor que corra. Mercy todavía tenía lineas que decir, sus primeras líneas y las últimas, e Izembaro pediría su bonita, pequeña y vacía cabeza si llegaba tarde a su propia violación.

Notas

(1) “Mercy” significa “Piedad” en inglés, y al contrario que en nuestro idioma, no es un nombre habitual. He tenido muchas dudas, pero finalmente no me ha parecido adecuado traducirlo, ya que es un diminutivo y habría tenido que inventar el nombre original (para sustituir a “Mercedene”). Además, el nombre se repite incesantemente en el capítulo y la sonoridad del nombre español me resultaba extraña, aunque se pierda un punto de la intención del autor, ya que la piedad no abunda en el texto.

(2) “Snapper” o “the Snapper” es el nombre (o cargo o mote) de la señora que se encarga del vestuario de la compañía de comediantes de Izembaro. No he sabido encontrar una traducción adecuada. “The Snapper” es el nombre original de, por ejemplo, “Café irlandés”, la película de Frears, donde se refiere al bebé que desencadena la acción. También es una clase de pez (el pargo) y en slang se usa para denominar a un ratero. También puede ser “el que hace snap” (chasquido, mordisco o incluso foto). A falta de más datos, lo he dejado tal cual.

(3) He traducido “Mummers” por “comediantes”. En los libros anteriores se los ha traducido bien así, bien como “tirititeros”. Este lo descarté enseguida, ya que no lo son. Si no hubiera precedente, hubiera escogido “máscaras”, mucho más sonoro a mi parecer y cercano al espíritu del autor, que nos remonta con el capítulo al Londres de William Shakespeare y su mítico teatro El Globo.

(4) “Keyholder”. Ya se les menciona en “Festín de cuervos”, donde la Gata de los canales “Vendió su mercancía a arrogantes jaques vestidos con ropa de seda a rayas, y también a serenos y justicias mayores con jubones marrones y grises”, aunque no se explica por qué son tan importantes en una ciudad de canales como Braavos.

(5) Aunque resulta bastante evidente al avezado lector, se revela aquí que Mercy es la nueva encarnación de Arya Stark. Para aquellos que tengan “Festín de cuervos” y “Danza de dragones” algo lejanos, les recuerdo que en el libro, Arya llega a la ciudad libre de Braavos gracias a la moneda de Jaqen. En ella, es acogida en la Casa de Blanco y Negro, sede de lo que parece una secta de asesinos sagrados, capaces de alterar su aspecto físico para “entregar su don”. En manos de esta secta, Arya asume varias identidades, cuyos nombres encabezan los capítulos que protagoniza: Gata de los canales, La niña ciega y La niña fea. Al final de este capítulo, Arya es entregada a Izembaro, lo que entronca directamente con el capítulo.

(6) Raff El Dulce, uno de los hombres de Ser Gregor Clegane La Montaña que Cabalga y estaba en la lista de Arya desde que asesinó a Lommy (tras decir esas precisas palabras) en el remoto “Choque de reyes” (Arya 5).

Carta de Philip K. Dick tras ver un avance de Blade Runner

La carta de Dick está dirigida a Jeffrey Walker, que trabajaba promocionando la película para la productora (The Ladd Company). Fue revelada por la familia en 2012. Philip K. Dick es el autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Do Androids Dream of Electric Sheep?, 1968), en la que se basa (de forma muy libre) Blade Runner.

Según Wikipedia, había existido un guión desde muchos años antes de que Ridley Scott se hiciera cargo del proyecto, pero Dick siempre había sido muy crítico con él. Al parecer, el autor desconfiaba sobre la manera en que la historia se adaptaría al nuevo medio. También rechazó realizar la novelización de la película. Pero cuando  pudo ver algunos de los efectos especiales que daban forma a Los Ángeles en 2019, su percepción  cambió completamente: “es exactamente como lo había imaginado”.

Tras el pase privado, Dick y Scott hablaron de la historia y los personajes de Blade Runner de forma abierta y cordial y, pese a sus amplias diferencias de opinión (Scott había confesado que no había leído la novela original), desde ese momento el escritor dio su completo apoyo a la adaptación, como queda claro en la carta que reproduzco.

Dick moriría cinco meses después de escribir la misiva, sin llegar a ver estrenada la película.

11 de octubre de 1981

Estimado Jeff,

Por casualidad, esta noche he podido ver el programa de TV del Canal 7 “Hurra por Hollywood” que incluía un avance de BLADE RUNNER. (Bueno, para ser honesto, no lo vi por casualidad; alguien me avisó que BLADE RUNNER iba a ser parte del programa, y que procurara verlo). Jeff, tras ver el programa —y especialmente después de oír a Harrison Ford comentar la película— he llegado a la conclusión que esto desde luego no es ciencia ficción; no es fantasía; es exactamente lo que Harrison dijo: futurismo. El impacto de BLADE RUNNER va a ser simplemente abrumador, tanto sobre el público como sobre los creativos —y, creo, sobre la ciencia ficción como campo. Ya que he estado escribiendo y vendiendo trabajos de ciencia ficción durante treinta años, esto es algo que reviste cierta importancia para mi. Con todo candor, debo decir que nuestro campo se ha ido deteriorando continua y gradualmente durante los últimos años. Nada de lo que hemos hecho, individual o colectivamente, es comparable a BLADE RUNNER. Esto no es escapismo; esto es super realismo, tan áspero y detallado y auténtico y malditamente convincente que, bien, tras el avance, encuentro mi normal y cotidiana “realidad” pálida en comparación. Lo que estoy diciendo es que colectivamente habéis creado una forma nueva, única de expresión artística, gráfica, nunca vista antes. Y, pienso, BLADE RUNNER va a revolucionar nuestras concepciones de lo que es la ciencia ficción y, aún más, de lo que puede ser.

Déjeme resumirlo de esta forma. La ciencia ficción se ha ido asentando lenta e ineluctablemente en una muerte por monotonía: se ha convertido en endogámica, derivativa, viciada. De repente, llegáis vosotros, algunos de los mayores talentos que existen actualmente, y ahora tenemos una nueva vida, un nuevo comienzo. Y respecto a mi participación en el proyecto BLADE RUNNER, solo puedo decir que no sabía que uno de mis trabajos o un conjunto de mis ideas, pudiera escalarse hasta tan sorprendentes dimensiones. Mi vida y trabajo creativo están justificados y completos gracias a BLADE RUNNER. Gracias… y va a ser un éxito comercial increíble. Va a ser invencible.

Cordialmente,

Philip K. Dick

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Los vientos del invierno: Arianne

Aviso de Spoiler

Si no has leído “Danza de dragones”, este texto te revelará detalles que podrías no querer conocer de antemano. Quedas advertido.

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Las pasadas navidades, George R.R. Martin publicó un nuevo adelanto del siguiente libro de “Canción de hielo y fuego”, que se titulará “The Winds of Winter” (Los vientos del invierno). Se trata de un capítulo relatado por la princesa Arianne de Dorne, a quién habíamos dejado en Lanza del Sol, tras su fracasado complot para coronar a Myrcella Baratheon. En el capítulo, su padre, el príncipe Doran la envía a encontrarse con el recién desembarcado Jon Connington y establecer si quién le acompaña es el resucitado hijo de Elia y Rhaegar.

El texto original está en http://georgerrmartin.com/if-sample.html y evidentemente, es Copyright © 2013 by George R.R. Martin.

Edición de Mayo de 2014. Además de está, hay dos muestras adicionales:

  • Theon (relatado por el desafortunado heredero de las Islas del Hierro, a quién habíamos perdido de vista hace algún tiempo, hasta el punto de creer que estaba muerto.).
  • Mercy (relatado por… Mercy, nos muestra los acontecimientos de la noche del estreno de La mano sangrienta, la obra en la que se narra el principio de la Guerra de los Cinco Reyes en la ciudad libre de Braavos)

Arianne

La mañana en la que abandonó los Jardines del Agua, su padre se levantó de la silla para besarla en ambas mejillas.

—El destino de Dorne parte contigo, hija —dijo, mientras apretaba el pergamino en su mano—. Parte rauda, ve segura, sé mis ojos y mis oídos y mi voz… pero sobre todo, ten cuidado.

—Lo tendré, Padre. —Ni una lágrima surgió de sus ojos. Arianne Martell era una princesa de Dorne, y los dornienses no malgastan el agua a la ligera. Pero, en cualquier caso, estuvo cerca. No fueron los besos de su padre, ni sus ásperas palabras las que hicieron que sus ojos centellearan, sino el esfuerzo que lo puso en pie, sus temblorosas piernas bajo él, sus articulaciones devoradas e inflamadas por la gota. Ponerse de pie era un acto de amor. Ponerse de pie era un acto de fe.

Cree en mí. No le fallaré.

Siete partieron en compañía en siete corceles de las arenas dornienses. Un grupo pequeño viaja más raudo que uno grande, pero la heredera de Dorne no cabalga sola. Desde Bondad Divina llegó Ser Daemon Arena, el bastardo; una vez escudero del Príncipe Oberyn, ahora escudo juramentado de Arianne. De Lanza del Sol, dos bravos jóvenes caballeros, Joss Hood y Garibald Shells, para unir sus espadas a la suya. Desde los Jardines del Agua, siete cuervos y un joven muchacho alto para atenderlos. Su nombre era Nate, pero había trabajado con los pájaros desde hacía tanto tiempo que nadie le llamaba otra cosa que Plumas. Y como una princesa debe tener alguna mujer para atenderla, su compañía también incluía a la hermosa Jayne Ladybright y a la salvaje Elia Arena, una doncella de catorce años.

Galoparon hacia el noroeste, a lo largo de tierras baldías y llanuras resecas y pálidas arenas hacia Colina Fantasma, la fortaleza de la Casa Toland, donde el bajel que los llevaría a través del Mar de Dorne los aguardaba.

—Envía un cuervo en cuanto tengas noticias —le había pedido el príncipe Doran—, pero informa solo de lo que sepas que es cierto. Aquí estamos perdidos en la niebla, rodeados de rumores, falsedades e historias de viajeros. No me atrevo a actuar hasta que sepa con certeza qué está aconteciendo.

La guerra está aconteciendo, pensó Arianne, y esta vez Dorne no se librará de ella.

—Destino y Muerte se acercan —les había advertido Ellaria Arena antes de que se despidiera del Príncipe Doran—. Es el momento ideal para que mis pequeñas serpientes se dispersen, es lo mejor para sobrevivir a la carnicería.

Ellaria regresaba a la casa de su padre en Sotoinfierno. Con ella fue su hija, Loreza, quien acaba de cumplir los siete años. Dorea permanecía en los Jardines del Agua, una niña entre un centenar. Obella había sido enviada a Lanza del Sol, para servir como copera de la mujer del castellano, Manfrey Martell.

Y Elia Arena, la mayor de las cuatro niñas que el Príncipe Oberyn había engendrado en Ellaria, cruzaría el Mar de Dorne con Arianne. “Como una dama, no una lanza”, había dicho su madre con firmeza, pero como todas las Serpientes de Arena, Elia tenía sus propias ideas.

Cruzaron las arenas en dos largos días y la mayor parte de dos noches, deteniéndose tres veces para cambiar de caballos. Fue un tiempo de soledad para Arianne, rodeada por tantos extraños. Elia era su prima, pero apenas una niña, y Daemon Arena… las cosas nunca habían vuelto a ser lo mismo entre ella y el Bastardo de Bondad Divina después de que su padre rechazara la solicitud de su mano. Era un chico entonces, y nacido bastardo; no era un consorte adecuado para una princesa de Dorne, debería haberlo sabido. Y había sido la voluntad de mi padre, no la mía. Apenas conocía al resto de la compañía.

Arianne echaba de menos a sus amigas. Drey y Garin y su dulce Slyva Pintas habían sido parte de ella desde que era pequeña, confidentes de confianza que habían compartido sus sueños y secretos, que la habían alegrado cuando estaba triste, que la habían ayudado a encarar sus miedos. Uno de ellos la había traicionado, pero ella lo echaba de menos igual. Había sido culpa mía. Arianne los había hecho parte de su complot para huir con Myrcella Baratheon y coronarla reina, un acto de rebelión pensado para forzar la mano de su padre, que la suelta lengua alguien había hecho fracasar. La tosca conspiración no había conseguido nada, excepto costarle a la pobre Myrcella parte de su cara, y a Ser Arys Oakheart su vida.

Arianne echaba de menos también a Ser Arys, más de lo que hubiera llegado a pensar. Él me amó con locura, se dijo a sí misma, pero yo tan solo estaba encariñada de él. Lo use en mi cama y en mi conspiración, tomé su amor y tome su honor, y no le di otra cosa que mi cuerpo. Al final, no habría podido vivir con lo que habíamos hecho. ¿Por qué si no habría cargado directamente hacia el hacha de Areo Hotah, para morir como lo hizo? Fui una tonta chica caprichosa, jugando el juego de tronos como un borracho que lanza los dados.

Alto había sido el coste de su locura. Drey había sido enviado a través del mundo a Norvos, Garin exiliado a Tyrosh por dos años, su dulce, tonta y sonriente Slyva casada con Eldon Estermont, un hombre lo suficientemente mayor como para ser su abuelo. Ser Arys había pagado con la sangre de su vida, Myrcella con una oreja.

Solo Ser Gerold Dayne había escapado sin un rasguño. Estrellaoscura. Si el caballo de Myrcella no la hubiera escudado en el último instante, su mandoble la habría abierto del pecho a la cintura en lugar de arrancarle tan solo una oreja. Dayne fue su más penoso pecado, el que Arianne más lamentaba. Con un golpe de su espada había convertido su fallido complot en algo sucio y sangriento. Si los dioses fueran buenos,  Obara Arena ya lo habría ahorcado en su fortaleza de las montañas y habría puesto fin a su vida.

Se lo comentó a Daemon Arena aquella primera noche, cuando acamparon,

—Tened cuidado con lo que deseáis, princesa —replicó—. Estrellaoscura podría poner fin a Lady Obara con la misma facilidad.

—Ella tiene a Areo Hotah con ella. —El capitán de los guardas del príncipe Doran había despachado a  Ser Arys Oakheart con un simple golpe, aunque la Guardia del Rey se suponía formada por los mejores caballeros del reino—. Ningún hombre puede prevalecer frente a Hotah.

—¿Eso es Estrellaoscura? ¿Un hombre? —Ser Daemon hizo una mueca—. Un hombre no habría hecho lo que le hizo a la Princesa Myrcella. Ser Gerold es más una víbora que lo que jamás lo fue vuestro tío. El príncipe Oberyn podía ver que era veneno, así lo dijo más de una vez. Es una pena que nunca estuviera cerca para asesinarle.

Veneno, pensó Arianne. Sí. Precioso veneno, pensó. Así fue como la había engañado. Gerold Dayne era duro y cruel, pero tan agradable de mirar que la princesa no había creído las historias que había oído sobre él. Los chicos guapos siempre habían sido su debilidad, particularmente los que además eran oscuros y peligrosos. Pero eso fue hace mucho, cuando tan solo era una niña, se dijo a sí misma. Ahora soy una mujer, la hija de mi padre. He aprendido esa lección.

En cuanto rompió el alba, partieron de nuevo. Elia Arena abría el camino, su negra trenza flotando tras ella a medida que cabalgaba por las secas y resquebrajadas llanuras  y subía las colinas. La chica estaba loca por los caballos, lo que podía explicar por qué a menudo olía como uno, para desespero de su madre. Algunas veces, Arianne sentía pena por Ellaria. Cuatro chicas, y cada una de las cuatro eran hijas de su padre.

El resto del grupo mantuvo un paso más tranquilo. La princesa se encontró cabalgando junto a Ser Daemon, recordando otras cabalgatas cuando eran más jóvenes, cabalgatas que a menudo terminaban en abrazos. Cuando se descubrió lanzándole miradas, alto y galante en su silla, Arianne se recordó que era la heredera de Dorne, y que él tan solo era su escudo.

—Cuéntame lo que sepas de ese tal Jon Connington —ordenó.

—Está muerto —replicó Daemon Arena—. Murió en las Tierras de la Discordia. De la bebida, he oído que decían.

—Entonces, ¿un borracho muerto lidera este ejército?

—Quizá este Jon Connington sea el hijo de aquel. O solo es un mercenario listo que ha tomado el nombre de un hombre muerto.

—O que nunca murió realmente. —¿Podría Connington haber pretendido su muerte durante todos esos años? Eso habría requerido una paciencia que era digna de su padre. El pensamiento inquietó a Arianne. Tratar con un hombre tan sutil podría ser peligroso—. ¿Qué era antes de… antes de morir?

—Yo era un niño en Bondad Divina cuando fue enviado al exilio. Nunca conocí al hombre.

—Entonces, cuéntame lo que hayas oído de él a otros.

—Como mi princesa ordene. Connington era Señor de Nido del Grifo cuando Nido del Grifo era aún un señorío digno de tal nombre. El escudero del príncipe Rhaegar, o uno de ellos. Después, gran amigo y compañero del príncipe Rhaegar. El Rey Loco lo nombró Mano durante la Rebelión de Robert, pero fue derrotado en Septo de  Piedra en la Batalla de las Campanas, y Robert se le escabulló. El Rey Aerys montó en cólera y envió a Connington al exilio. Allí murió.

—O no. —El príncipe Doran le había contado todo eso. Debía haber más—. Esas son solo las cosas que hizo. Las conozco todas. ¿Qué clase de hombre era? ¿Honesto y honorable, sobornable y avaro, orgulloso?

—Orgulloso, ciertamente. Incluso arrogante. Un leal amigo de Rhaegar pero susceptible con otros. Era banderizo de Robert, pero he oído que a Connington le irritaba servir a semejante señor. Incluso entonces, Robert era conocido por su afición al vino y las putas.

—¿Sin putas para Lord Jon, pues?

—No sabría decirlo. Algunos hombres mantienen a sus putas en secreto.

—¿Tenía una esposa? ¿Una amante?

Ser Daemon se encogió de hombros.

—Ninguna de la que haya oído hablar.

Eso también era preocupante. Ser Arys Oakheart había roto sus votos por ella, pero no parecía que Jon Connington pudiera ser doblegado de la misma manera. “¿Podría enfrentarme a tal hombre tan solo con palabras?”

La princesa se sumergió en el silencio, meditando en lo que se podía encontrar al final del viaje Esa noche, al acampar, se arrastró a la tienda que compartía con Jayne Ladybright y Elia Arena y sacó el pedazo de pergamino de su manga para leer las palabras de nuevo:

Al príncipe Doran de la Casa Martell,

Espero que me recordéis. Conocí bien a vuestra hermana, y fui un leal sirviente de vuestro cuñado. Me aflijo por ellos tanto como vos. No morí, como no lo hizo el hijo de vuestra hermana. Para salvar su vida lo mantuvimos oculto, pero el tiempo de esconderse ha pasado. Un dragón ha regresado a Poniente para reclamar su derecho de nacimiento y buscar venganza para su padre y para la princesa Elia, su madre.

En su nombre, me vuelvo hacia Dorne. No nos abandonéis.

Jon Connington, Señor de Nido del Grifo, Mano del Auténtico Rey

Arianne leyó la carta tres veces, después la enrollo y la embutió en su manga. Un dragón ha regresado a Poniente, pero no el dragón que mi padre esperaba. En ningún sitio de la misiva se mencionaba a Daenerys de la Tormenta… ni al príncipe Quentyn, su hermano, quién había sido enviado a buscar a la reina dragón. La princesa recordó como su padre había apretado la  pieza de ónice del cyvasse en su palma, su voz ronca y baja, a medida que confesaba su plan. Un largo y peligroso viaje, con una incierta bienvenida al final, había dicho. Se ha marchado para traer de regreso el deseo de nuestro corazón. Venganza. Justicia. Fuego y sangre.

Fuego y sangre era lo que Jon Connington (si finalmente resultaba ser él) ofrecía también. ¿O no lo era?

—Llega con mercenarios, pero sin dragones —le había dicho el príncipe Doran, la noche en la que llegó el cuervo—. La Compañía Dorada es la mejor y mayor de las compañías libres, pero diez mil mercenarios no pueden esperar conquistar los Siete Reinos. El hijo de Elia… Lloraría de alegría si algo de mi hermana hubiera sobrevivido pero, ¿qué prueba tenemos de que sea Aegon? —Su voz se rompió cuando lo dijo—. ¿Dónde están los dragones? —pregunto—. ¿Dónde está Daenerys? —Y Arianne sabía que lo que realmente preguntaba era “¿Dónde está mi hijo?”.

En el Sendahueso y el Paso del Príncipe, dos huestes de Dorne se habían reunido y allí permanecían, afilando sus lanzas, puliendo sus armaduras, jugando a los dados, bebiendo, peleando,  con su número menguando día a día, esperando, esperando, esperando a que el príncipe de Dorne los lanzara sobre los enemigos de la Casa Martell. Esperando a los dragones. Al fuego y la sangre. Esperándome a mí. Una palabra de Arianne y esos ejércitos marcharían… siempre y cuando esa palabra fuera “dragón”. Si en cambio la palabra era “guerra”, Lord Yronwood y Lord Fowler y sus ejércitos permanecerían en el sitio. Ante todo, el príncipe de Dorne es sutil; aquí, “guerra” significaba esperar.

A media mañana del tercer día, Colina Fantasma se alzaba ominosa ante ellos, sus muros de pizarra blanca brillando contra el azul oscuro del Mar de Dorne. En las cuadradas torres que guardaban las esquinas del castillo flameaban las insignias de la Casa Toland; un dragón verde mordiendo su propia cola sobre un campo de oro. El sol-y-lanza de la Casa Martell flotaba sobre la gran fortaleza central, oro y rojo y naranja, desafiante.

Los cuervos habían volado delante de ellos para avisar a Lady Toland de su llegada, así que las puertas del castillo estaban abiertas, y la hija mayor de Nymella cabalgó con su mayordomo para reunirse con ellos al fondo de la colina. Alta y feroz, con una llamarada de brillante pelo rojo cayéndole sobre los hombros, Valena Toland saludó con un grito:

—Al fin has llegado, ¿no? ¿Cómo de lentos son esos caballos?

—Lo suficientemente ligeros para ganar a los vuestros hasta las puertas del castillo.

—Eso lo tenemos que ver. —Valena hizo girar a su gran corcel rojo y clavó sus talones en él, y la carrera comenzó, atravesando las polvorientas calles de la aldea al pie de la colina, mientras gallinas y aldeanos se alejaban de su camino. Arianne iba tres largos de caballo detrás para cuando logró que su yegua se pusiera al galope, pero se había acercado a uno y medio subiendo la cuesta. Ambas estaban lado a lado a medida que se precipitaban hacia la entrada de la casa, pero a cinco yardas de las puertas, Elia Arena salió volando de la nube de polvo detrás de ellas para superarlas a las dos en su potra negra.

—¿Eres medio caballo, niña? —preguntó Valena, riendo en el patio —. Princesa, ¿habéis traído con vos una moza de establo?

—Soy Elia —anunció la chica—. Lady Lanza.

Quienquiera que le hubiera colgado ese nombre, tenía mucho de lo que responder. Como si había sido el mismo príncipe Oberyn, y eso que la Víbora Roja nunca había contestado ante nadie salvo él mismo.

—La chica justadora —dijo Valena—. Sí, he oído de ti. Ya que has sido la primera en llegar al patio, has ganado el honor de dar agua y desbridar los caballos.

—Y después de eso, busca la casa de baños —dijo la princesa Arianne. Elia era pizarra y polvo desde los talones hasta el pelo.

Esa noche, Arianne y sus caballeros cenaron con Lady Nymella y sus hijas en el Gran Salón del castillo. Teora, la más joven de las chicas, tenía el mismo pelo rojo que su hermana, pero por otro lado no podían ser más diferentes. Baja, rechoncha, y tan tímida que podría pasar por muda, mostraba más interés en la carne especiada y el pato con miel que en los gentiles caballeros de la mesa, y parecía feliz de dejar que su señora madre y su hermana hablaran por la Casa Toland.

—Hemos oído los mismos cuentos que vos en Lanza del Sol —les contó Lady Nymella mientras los sirvientes servían el vino—. Mercenarios desembarcando en el Cabo de la Ira, castillos asediados o tomados, cosechas robadas o quemadas. De dónde vienen esos hombres o quiénes son, nadie lo sabe de cierto.

—Piratas y aventureros, oímos al principio —dijo Valena—. Después, se suponía que era la Compañía Dorada. Ahora, se dice que es Jon Connington, la Mano del Rey Loco, que ha vuelto de la tumba para reclamar su herencia. Quienquiera que sea, el Nido del Grifo ha sucumbido ante él. Aguasmil, Nido del Cuervo, Bosquebruma, incluso Piedraverde en su isla. Todas tomadas.

Los pensamientos de Arianne volaron de repente a su dulce Slyva Pintas.

—¿Quién podría querer Piedraverde? ¿Hubo una batalla?

—Ninguna de la que hayamos oído, pero las historias son confusas.

—Tarth ha caído también, te contarán algunos pescadores —dijo Valena—. Estos mercenarios ahora controlan la mayoría del Cabo de la Ira y la mitad de los Peldaños de Piedra. Hemos oído hablar de elefantes en La Selva.

—¿Elefantes? —Arianne no sabía qué pensar de eso—. ¿Estáis segura? ¿No dragones?

—Elefantes —aseguró con firmeza Lady Nymella.

—Y krakens surgidos del Brazo Roto, apareciendo bajo galeras destrozadas —dijo Valena—. La sangre los atrae a la superficie, clama nuestro maestre. Hay cuerpos en el agua. Unos cuantos han llegado a nuestras costas. Y eso no es ni la mitad. Un nuevo rey pirata se ha asentado en Abismo del Torturador. El Señor de las Aguas, se hace llamar. Este tiene auténticas naves de guerra, tres puentes, monstruosamente grandes. Fuisteis sabia al no venir por mar. Desde que la flota de Redwyne atravesó los Peldaños de Piedra, estas aguas están repletas de extrañas velas, por todo el camino del norte hasta los Estrechos de Tarth y la Bahía de los Naufragios. Myrianos, volantinos, lysenos, incluso saqueadores de las Islas del Hierro. Algunos se han adentrado en el Mar de Dorne para desembarcar hombres en la costa meridional del Cabo de la Ira. Encontramos una buena y rápida nave para vos, como ordenó vuestro padre, pero incluso así… sed cautelosa.

Era cierto, pues. Arianne quería preguntar por su hermano, pero su padre le había urgido a vigilar cada palabra. Si esas naves no habían devuelto a Quentyn a su casa con su reina dragón, mejor no mencionarle. Solo su padre y un puñado de sus hombres de más confianza sabían acerca de la misión de su hermano en la Bahía de los Esclavos. Lady Toland y sus hijas no estaban entre ellos. Si hubiera sido Quentyn, hubiera traído a Daenerys de regreso a Dorne, seguramente. ¿Por qué arriesgarse a un desembarco en el Cabo de la Ira, entre los señores de la Tormenta?

—¿Está Dorne en peligro? —preguntó Lady Nymella—. Confieso que, cada vez que veo una vela extraña, mi corazón se me sube a la garganta. ¿Qué pasaría si esas naves se vuelven hacia el sur? La mejor parte de la fuerza de Toland está con Lord Yronwood en el Sendahueso. ¿Quién defenderá Colina Fantasma si esos extraños desembarcan en nuestras costas? ¿Debo hacer regresar a mis hombres a casa?

—Vuestros hombres son necesarios donde están, mi Señora —le aseguró Daemon Arena. Arianne asintió rápidamente. Cualquier otro consejo bien podría llevar a que la hueste de Lord Yronwood se deshiciera como un tapiz viejo, si cada hombre se apresurara hacia su casa para defender sus propias tierras contra supuestos enemigos que podrían o no llegar alguna vez—. Una vez sepamos con certeza si estos son amigos o enemigos, mi padre sabrá qué hacer —dijo la princesa.

Fue entonces cuando la pastosa y rechoncha Teora levantó sus ojos de los pasteles de su plato.

—Son dragones.

—¿Dragones? —Dijo su madre—. Teora, no seas loca.

—No lo soy. Están viniendo.

—¿Cómo puedes saber eso? —Preguntó su hermana con un tono de burla en so voz—. ¿Uno de tus sueñecitos?

Teora asintió levemente, con su barbilla temblando.

—Están bailando. En mi sueño. Y dónde quiera que los dragones bailan, la gente muere.

—Que los Siete nos salven. —Lady Nymella lanzó un suspiro exasperado—. Si no comieras tantos pasteles de crema, no tendrías esos sueños. Las comidas tan energéticas no son para niñas de tu edad, con los humores tan desequilibrados. El maestre Toman dice…

—Odio al Maestre Toman —dijo Teora. De pronto, saltó de la mesa, dejando a su señora madre que pidiera disculpas por ella.

—Sed gentil con ella, mylady —dijo Arianne—. Recuerdo cuando tenía su edad. Mi padre estaba desesperado conmigo, seguro.

—Puedo atestiguar eso. —Ser Daemon tomó un sorbo de vino y dijo: —La Casa Toland tiene un dragón en sus banderas.

—Un dragón devorando su propia cola, sí. —Dijo Valena—. De los días de la Conquista de Aegon. No conquistó estos lares. En otros sitios, quemó a sus enemigos, él y sus hermanas, pero aquí nos desvanecimos, dejando solo piedra y arena para que quemar. Vueltas y vueltas dieron los dragones, mordiendo sus colas por todo alimento, hasta que formaron un nudo.

—Nuestros antepasados tuvieron su parte en ello —dijo con orgullo Lady Nymella—. Bravas gestas se hicieron y murieron hombres valientes. Todo quedó escrito por los maestres que nos sirvieron. Tenemos libros, si mi princesa quiere saber más.

—Quizá en otra ocasión —dijo Arianne.

Cuando Colina Fantasma dormía esa noche, la princesa se puso una capa con capucha contra el frio y anduvo por las murallas del castillo para aclarar sus pensamientos. Daemon Arena la encontró inclinada sobre el parapeto mirando hacia el mar, donde la luna bailaba sobre el agua.

—Princesa —dijo—. Deberíais estar en cama.

—Podría decir lo mismo de vos. —Arianne se dio la vuelta para mirarle a la cara. Una buena cara, decidió. El chico que conocí se ha convertido en un hombre guapo. Sus ojos eran tan azules como el cielo del desierto, su pelo tenía el castaño claro de las arenas que habían cruzado. Una barba corta destacaba una mandíbula fuerte, pero no podía ocultar los hoyuelos cuando sonreía. Siempre me encantó su sonrisa.

Además, el bastardo de Bondad Divina era una de las mejores espadas de Dorne, como podía esperarse de uno que había sido escudero del príncipe Oberyn y había sido nombrado caballero por la mismísima  Víbora Roja. Algunos decían que había sido el amante de su tío también, aunque rara vez en su cara. Arianne no sabía la verdad de aquello. Había sido su amante, sin embargo. A los catorce, le había entregado su doncellez. Daemon era mucho mayor, así que sus encuentros habían sido tan torpes como ardientes. De cualquier modo, había sido dulce.

Arianne le regaló su sonrisa más seductora.

—Podríamos compartir una cama.

La cara de Ser Daemon era piedra.

—¿Lo habéis olvidado, princesa? Soy de sangre bastarda —tomó su mano en la suya—. Si no merezco esta mano, ¿cómo podía merecer vuestro coño?

Ella retiró su mano.

—Os merecéis una bofetada por eso.

—Mi cara es vuestra. Haced lo que queráis.

—Lo que quiero no es lo que vos queréis, parece. Así sea. Hablad conmigo pues. ¿Podría ser realmente el príncipe Aegon?

—Gregor Clegane arrancó a Aegon de los brazos de Elia y destrozó su cabeza contra la pared —dijo Ser Daemon—. Si el príncipe de Lord Connington tiene el cráneo aplastado, creeré que Aegon Targaryen ha regresado de la tumba. En otro caso, no. Tan solo es un chico fingiendo, no más. Un complot de los mercenarios para ganar apoyos.

Mi padre temía lo mismo.

—Pero si no fuera así… si realmente fuera Jon Connington, si el chico fuera el hijo de Rhaegar…

—¿Tenéis esperanza de que lo sea o de que no lo sea?

—Proporcionaría gran alegría a mi padre si el hijo de Elia estuviera vivo.  Quería bien a su hermana.

—Es a vos a quien pregunto, no a vuestro padre.

Era cierto.

—Tenía siete años cuando Elia murió. Dicen que sostuve a su hija Rhaenys una vez, cuando aún era demasiado pequeña para recordar. Aegon será un extraño para mí, sea verdadero o falso. —La princesa se detuvo—. Buscamos a la hermana de Rhaegar, no a su hermano. —Su padre había confiado en Ser Daemon cuando lo escogió como el escudo de su hija; con él, al menos podía hablar libremente—. Ojalá hubiera sido Quentyn el que hubiera regresado.

—Eso es lo que decís vos —dijo Daemon Arena—. Buenas noches, princesa —Se inclinó ante ella y la dejó allí de pie.

¿Qué quería decir con eso? Arianne lo vio marcharse. ¿Qué clase de hermana sería yo si no quisiera que mi hermano regresara? Es verdad, estaba resentida con Quentyn por todos esos años que había pensado que su padre tenía la intención de nombrarlo heredero en lugar de a ella, pero eso resultó ser tan solo un malentendido. Ella era la heredera de Dorne, tenía la palabra de su padre al respecto. Quentyn tendría a su reina dragón, Daenerys.

En Lanza del Sol colgaba un retrato de la princesa Daenerys que había venido a Dorne a casarse con uno de los antepasados de Arianne. En su juventud, Arianne se había pasado horas mirándolo, cuando solo era una chica rechoncha de pecho plano en la cumbre de su doncellez que rezaba cada noche a los dioses para que la hicieran hermosa. Un centenar de años atrás, Daenerys Targaryen vino a Dorne a hacer la paz. Ahora, otra Daenerys viene a hacer la guerra, y mi hermano iba a ser su rey y consorte. Rey Quentyn. ¿Por qué tenía que sonar tan tonto?

Casi tan tonto como Quentyn cabalgando sobre un dragón. Su hermano era un chico formal, bien educado y obediente, pero obtuso. Y plano, tan plano. Los dioses le habían dado a Arianne la belleza por la que había rezado, pero Quentyn debía haber rezado por otra cosa. Su cabeza era muy grande y algo cuadrada, su pelo tenía el color del barro seco. Además, sus hombros se desplomaban y era demasiado grueso en la mitad. Se parecía mucho a Padre.

—Quiero a mi hermano —dijo Arianne, aunque solo la luna podía oírla. Aunque, si era fiel a la verdad, apenas lo conocía. Quentyn había sido criado por Lord Anders de la Casa Yronwood, el Sangre Regia, el hijo de Lord Ormond Yronwood y nieto de Lord Edgar. En su juventud, su tío Oberyn había luchado en duelo con Edgar, y le había producido una herida que le mortificó y terminó matándolo. Desde entonces, le llamaron “La Víbora Roja” y hablaron de veneno en su hoja. Los Yronwoods eran una Casa antigua, orgullosa y poderosa. Antes de la llegada de los Rhoynar habían sido reyes de la mitad de Dorne, con dominios que empequeñecían los de la Casa Martell. Una venganza de sangre y la rebelión hubiera sido la consecuencia de la muerte de Edgar, si su padre no hubiera actuado inmediatamente. La Víbora Roja marchó a Antigua, y desde allí a lo largo del Mar Angosto hasta Lys, aunque nadie se atrevió a llamarlo exilio. Y a su debido tiempo, Quentyn fue entregado a Lord Anders para que lo criara como un signo de confianza. Eso ayudó a sanar la brecha entre Lanza del Sol y los Yronwoods, pero abrió algunas nuevas entre Quentyn y las Serpientes de Arena… y Arianne siempre había estado más cerca de sus primas que de su lejano hermano.

—Sin embargo, aún somos de la misma sangre —susurró—. Por supuesto que quiero a mi hermano en el hogar. Lo quiero —. El viento que llegaba del mar le ponía la carne de gallina. Arianne se arrebujó la capa sobre el cuerpo y marchó en busca de su cama.

Su nave se llamaba “El Peregrino”. Partieron con la marea matinal. Los dioses fueron bondadosos con ellos, el mar permaneció en calma. Incluso con buenos vientos, el cruce tomó un día y una noche. Jayne Ladybright se mareó y se pasó la mayoría del viaje vomitando, lo que Elia Arena parecía encontrar hilarante. “Alguien debería dar unos azotes a esa niña”, se oyó decir a Joss Hood… y Elia estaba entre los que le oyeron decirlo.

—Soy casi una mujer crecida, ser — respondió altivamente—. Sin embargo, os dejaré azotarme… pero primero tendréis que arremeter contra mí y descabalgarme.

—Estamos en un barco… y sin caballos —replicó Joss.

—Y las señoras no justan —insistió Ser Garibald Shells, un joven mucho más serio y formal que su compañero.

—Yo lo hago. Soy Lady Lanza.

Arianne había oído lo suficiente.

—Puedes ser una lanza, pero no eres una lady. Ve abajo y quédate allí hasta que lleguemos a tierra.

Aparte de este episodio, el cruce transcurrió sin incidentes. Al ocaso divisaron una galera en la distancia, sus remos alzándose y cayendo contra las estrellas vespertinas, pero se alejaba de ellos y pronto se hizo pequeño y desapareció en la distancia. Arianne jugó una partida de cyvasse con Ser Daemon, y otra con Garibald Shells, y de alguna manera se las apañó para perder ambas. Ser Garibald era lo suficientemente amable para decirle que había jugado una partida galante, pero Daemon se burló de ella.

—Tenéis otras piezas además del dragón, princesa. Tratad de moverlas alguna vez.

—Me gusta el dragón —le encantaría borrar la sonrisa de su cara con una bofetada. O con un beso, quizá. El hombre  era tan presumido como bien parecido. De todos los caballeros en Dorne, ¿por qué mi padre ha escogido este para ser mi escudo? Él conoce nuestra historia—. Tan solo es un juego. Contadme acerca del príncipe Viserys.

—¿El Rey Mendigo? —Ser Daemon pareció sorprendido.

—Todo el mundo dice que el príncipe Rhaegar era hermoso. ¿Era Viserys hermoso también?

—Supongo que sí. Era un Targaryen. Nunca vi al hombre.

El pacto secreto que el príncipe Doran había mantenido todos aquellos años estipulaba que Arianne se debía casar con el príncipe Viserys, no Quentyn con Daenerys. Todo se deshizo en el mar Dothraki, cuando Viserys fue asesinado. Coronado con una marmita llena de oro derretido.

—Fue asesinado por un khal Dothraki —dijo Arianne—. El mismísimo esposo de la reina dragón.

—Eso he oído. ¿Y qué?

—Tan solo… ¿por qué Daenerys dejó que pasara? Viserys era su hermano. Todo lo que le quedaba de su propia sangre.

—Los Dothraki son un pueblo salvaje. ¿Quién sabe por qué matan? Quizás Viserys se limpió el culo con la mano equivocada.

Quizá, pensó Arianne, o quizá Daenerys se dio cuenta de que una vez fuera coronado y casado conmigo, estaría condenada a pasar el resto de su vida durmiendo en una tienda y oliendo como un caballo.

—Es la hija del Rey Loco —dijo la princesa—. ¿Cómo podemos saber…?

—No podemos saber —sentenció Ser Daemon—. Sólo podemos tener esperanza.

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He procurado respetar los nombres de personas y lugares tal y como aparecen en las versiones en español, con la excepción de Bondadivina (Godsgrace), que me parece terrible y he cambiado a Bondad Divina. No he encontrado referencias a Torturer’s Helm, un puerto en los Escalones de Piedra donde el nuevo rey pirata se ha asentado. Lo he traducido por Abismo del Torturador.

Los vientos del invierno: Theon

Aviso de Spoiler

Si no has leído “Danza de dragones”, este texto te revelará detalles que podrías no querer conocer de antemano. Quedas advertido.

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Como es habitual en él, George R.R. Martin ha publicado un adelanto del siguiente libro de “Canción de hielo y fuego”, que se titulará “The Winds of Winter”. Se trata de un capítulo relatado por Theon, que puede (o no) estar situado cronológicamente antes del final de “A Dance With Dragons”. Nos confirma, entre otras cosas, el interés de Martin por la escatología y cómo Theon pasa de mal a peor… Hay cosas para las que mejor no haber resucitado.

He traducido el texto para entrenar mis oxidadas artes de conversión desde el inglés… Os lo dejo aquí, por si fuera de interés para alguien. Aún habría que pulir algún detalle, pero creo que está razonablemente adaptado.

El texto original está en http://georgerrmartin.com/if-sample.html y evidentemente, es Copyright © 2011 by George R.R. Martin.

Editado en mayo de 2014. Tras este capítulo, Martin ha liberado dos muestras más:

  • Arianne (relatado por la princesa Arianne de Dorne, a quién habíamos dejado en Lanza del Sol, tras su fracasado complot para coronar a Myrcella Baratheon. En el capítulo, su padre, el príncipe Doran la envía a encontrarse con el recién desembarcado Jon Connington y establecer si quién le acompaña es el resucitado hijo de Elia y Rhaegar)
  • Mercy (relatado por… Mercy, nos muestra los acontecimientos de la noche del estreno de La mano sangrienta, la obra en la que se narra el principio de la Guerra de los Cinco Reyes en la ciudad libre de Braavos)

Theon

La voz del rey sonaba ahogada por la rabia.—Sois un pirata peor que Salladhor Saan.

Theon Greyjoy abrió los ojos. Los hombros le ardían y no podía mover las manos. Durante lo que dura la mitad de un latido, temió estar de regreso en su antigua celda bajo Fuerte Terror, que la mezcolanza de recuerdos en su cabeza no era otra cosa que el residuo de algún sueño febril. Se había dormido, comprendió. Eso, o se había desmayado por el dolor. Cuando trató de moverse, se balanceó de lado a lado, con la espalda arañando la piedra. Colgaba de un muro dentro de una torre, las muñecas encadenadas a un par de oxidados aros de hierro. El aire apestaba a turba quemada. El suelo era tierra apisonada. Escalones de madera subían en espiral por dentro de las paredes hasta el techo. No vio ventanas. La torre era húmeda, oscura y sin confort alguno. Una silla de alto respaldo y una mesa arañada que descansaba sobre tres caballetes constituían su único mobiliario. No había ningún retrete a la vista, aunque Theon vio un orinal en un sombrío hueco. La única luz provenía de las velas sobre la mesa. Sus pies colgaban a seis pies por encima del suelo.

—Las deudas de mi hermano —murmuraba el rey—. Las de Joffrey también, aunque esa abominación bastarda no fuera de mi familia.

Theon se retorció en sus cadenas. Él conocía esa voz. Stannis. Theon Greyjoy rió. Una punzada de dolor subió por sus brazos, desde los hombros hasta las muñecas. Todo lo que había hecho, todo lo que había sufrido, Foso Caitlin, Fuerte Túmulo e Invernalia, Abel y sus lavanderas, Carroña y sus Umbers, el viaje a través de la nieve, todo solo había servido para cambiar un atormentador por otro.

—Alteza —dijo suavemente una segunda voz—. Perdonad, pero vuestra tinta se ha congelado. —El braavosi, supo Theon. ¿Cuál era su nombre? Tycho… Tycho algo.. — ¿Quizá un poco de calor…?

—Conozco una manera más rápida. —Stannis desenvainó su daga. Por un instante, Theon pensó que iba a apuñalar al banquero. “No obtendréis una gota de sangre de ese, mi señor”, podría haberle dicho. El rey apoyó la hoja de su cuchillo contra la yema de su pulgar izquierdo, y cortó—. Así. Firmaré con mi propia sangre. Eso debería hacer felices a vuestros amos.

—Si eso complace a Vuestra Alteza, complacerá al Banco de Hierro. —Stannis mojó una pluma en la sangre que brotaba de su pulgar y garabateó su nombre en la pieza de pergamino.

—Partiréis hoy. Lord Bolton puede atacarnos pronto. No os quiero atrapado en medio de la lucha.

—También yo lo preferiría—. El braavosi deslizó el rollo de pergamino dentro de un tubo de madera. —Espero tener el honor de servir a Vuestra Alteza de nuevo cuando estéis sentado en el Trono de Hierro.

—Esperáis tener vuestro oro de vuelta, queréis decir. Ahorraos vuestras galanterías. Es efectivo lo que necesito de Braavos, no vacías cortesías. Decidle al guardia de fuera que necesito a Justin Massey.

—Con placer. El Banco de Hierro siempre se alegra de ser útil—. El banquero hizo una reverencia. Cuando salía por la puerta, entró otra persona; un caballero. Los caballeros del rey habían estado yendo y viniendo toda la noche, recordó débilmente Theon. Este parecía ser el pariente del rey. Delgado, de pelo oscuro y ojos duros, con la cara marcada por la viruela y viejas cicatrices, vestía una desvaída túnica bordada con tres polillas.

—Sire, —anunció— el maestre está fuera. Y Lord Arnolf envía noticia de que estará encantado de desayunar con vos.

—¿El hijo también?

—Y los nietos. Además, Lord Wull solicita audiencia. Quiere…

—Sé lo que quiere. —El rey señaló a Theon—. A él. Wull lo quiere muerto. Flint, Norrey… todos ellos lo quieren muerto. Por los niños que mató. Venganza para su precioso Ned.

—¿Los complaceréis, Alteza?

—Ahora mismo, el cambiacapas me es más útil vivo. Tiene conocimientos que podemos necesitar. Traed dentro al maestro. —El rey tomó un pergamino de la mesa y entrecerró los ojos sobre él. Una carta, sabía Theon. Su roto sello era de cera negra, dura y brillante. Sé lo que dice, pensó, sofocando una risita.

Stannis miró arriba.

—El cambiacapas se remueve.

—Theon. Mi nombre es Theon. —Tenía que recordar su nombre.

—Sé tu nombre. Sé lo que hiciste.

—La salvé. —El muro exterior de Invernalia tenía ochenta pies de alto, pero en la zona donde había saltado, la nieve se había apilado hasta una profundidad de más de cuarenta. Una almohada blanca y fría. La chica se había llevado la peor parte. Jeyne, su nombre es Jeyne, pero ella nunca se lo diría. Theon había aterrizado sobre ella y había roto alguna de sus costillas—. Salvé a la chica —dijo—. Escapamos.

Stannis resopló.

—Caísteis. Umber la salvó. Si Mors Carroña y sus hombres no hubieran estado en el exterior del castillo, Bolton os habría recuperado a ambos en unos instantes.

Carroña. Theon recordó. Un hombre viejo, grande y poderoso, de rostro rubicundo y barba blanca y desgreñada. Se sentaba en lo alto de un garañón, envuelto en la piel de un oso de las nieves gigante, cuya cabeza le servía de capucha. Bajo ella llevaba un parche en el ojo, de cuero blanco manchado, que recordó a Theon a su tío Euron. Le hubiera gustado arrancarlo de la cara de Umber, para asegurarse que debajo tan solo había una cuenca vacía, no un ojo negro brillando con malicia. En su lugar, había susurrado a través de sus dientes rojos y dicho:

—Soy…

—…un cambiacapas y el asesino de su familia — había terminado Carroña. — Sujetarás esa lengua mentirosa o la perderás.

Después, Umber había mirado a la chica de cerca, entrecerrando su único ojo bueno.

—¿Eres la hija menor?

Y Jeyne había afirmado con la cabeza.

—Arya. Mi nombre es Arya.

—Arya de Invernalia, sí. La última vez que estuve dentro de esos muros, vuestro cocinero nos sirvió un filete y un pastel de riñones. Hechos con cerveza, creo, lo mejor que he probado nunca. ¿Cuál era su nombre, el del cocinero?

—Gage, —dijo inmediatamente Jeyne— .Era un buen cocinero. Hacía pasteles de limón para Sansa cada vez que conseguía limones.

Carroña se mesó la barba.

—Estará muerto ahora, supongo. Como lo estará también ese herrero vuestro. ¿Cuál era su nombre?

Jeyne había dudado. Mikken, pensó Theon. Su nombre era Mikken. El herrero del castillo nunca había hecho pasteles de limón para Sansa, lo que lo hacía mucho menos importante que el cocinero del castillo en el pequeño y dulce mundo que había compartido con su amiga Jeyne Poole. Recuerda, maldita seas. Tu padre era el mayordomo, tenía a su cargo a todo el personal. El nombre del herrero era Mikken, Mikken, Mikken. ¡Hice que lo mataran delante de mí!

—Mikken,— dijo Jeyne. Mors Umbers gruñó.

—Sí. —Lo que pudo haber dicho o hecho a continuación, Theon nunca lo supo, porque entonces fue cuando el chico apareció corriendo, blandiendo una lanza y gritando que el rastrillo de la puerta principal de Invernalia se estaba levantando. Y como había sonreído Carroña al oírlo.

Theon se retorció en sus cadenas y guiño los ojos hacia abajo, hacia el rey.

—Carroña nos encontró, sí, él nos envió aquí, pero fui yo quien la salvó. Preguntadle vos mismo. —Ella se lo contaría. “Me has salvado”, había susurrado Jeyne mientras la llevaba a través de la nieve. Estaba pálida de dolor, pero había pasado una mano por su mejilla y le había sonreído. “Yo salvé a Lady Arya,” le susurró Theon en respuesta. Y entonces, todas a la vez, las lanzas de Mors Umber aparecieron a su alrededor.

—¿Esta es vuestra manera de agradecérmelo? —preguntó a Stannis, pateando débilmente contra el muro. Sus hombros le causaban una completa agonía. Su propio peso estaba arrancándolos de su sitio. ¿Cuánto tiempo llevaba allí colgado? La torre no tenía ventanas, no tenía manera de saberlo.

—Quitadme las cadenas y os serviré.

—¿Cómo serviste a Roose Bolton y Robb Stark? –Stannis resopló—. Creo que no. Tengo un final más cálido en mente para ti, cambiacapas. Pero no hasta que hayamos acabado contigo.

“Tiene intención de matarme”. El pensamiento resultó extrañamente reconfortante. La muerte no asustaba a Theon Greyjoy. La muerte significaría un fin para el dolor.

—Acabad conmigo, pues, —urgió al rey—. Decapitadme y ensartad mi cabeza en una lanza. Yo asesiné a los hijos de Lord Eddard, debo morir. Pero hacedlo rápido. Él viene.

—¿Quién viene? ¿Bolton?

—Lord Ramsay, —siseó Theon—. El hijo, no el padre. No debes confundirlos. Roose… Roose está a salvo dentro de los muros de Invernalia con su nueva y gorda esposa. Ramsay viene.

—Ramsay Nieve, quieres decir. El bastardo.

—¡Nunca le llaméis así! —La saliva salpicó desde los labios de Theon—. Ramsay Bolton, no Ramsay Nieve, nunca Nieve, nunca, debéis recordar su nombre, u os hará daño.

—Puede intentarlo. Sea cual sea el nombre que use.

La puerta se abrió con un golpe de frio viento negro y un remolino de nieve. El caballero de las polillas había regresado con el maestre a por el que el rey había enviado, sus ropas grises recogidas bajo una pesada piel de oso. Detrás de él entraron otros dos caballeros, portando sendas jaulas con un cuervo cada una. Uno era el hombre que había estado con Asha cuando el banquero lo entregó, un hombre corpulento con un cerdo alado en su túnica. El otro era más alto y musculoso, de hombros más anchos. El peto del grandullón tenía incrustaciones de plata sobre el acero, con niello; aunque estaba arañada y manchada, aún brillaba a la luz de las velas. La capa que vestía por encima se sujetaba con un corazón ardiente.

—El maestre Tybald, —anunció el caballero de las polillas.

El maestre se hincó de rodillas. Era pelirrojo y de hombros redondos, con ojos muy juntos que se mantenían parpadeando hacia Theon, quien colgaba del techo.

—Alteza. ¿Cómo puedo serviros?

Stannis no respondió inmediatamente. Estudió al hombre ante él, con el ceño fruncido.

—Levantaos. —El maestre se alzó—. Sois maestre en Fuerte Terror. ¿Cómo es que estáis aquí con nosotros?

—Lord Arnolf me trajo para atender a sus heridos.

—¿A sus heridos? ¿O a sus cuervos?

—Ambos, Vuestra Alteza.

—Ambos. —Stannis escupió la palabra—. El cuervo de un maestre vuela a un sitio y solo a un sitio. ¿Es eso correcto?

El maestre limpió el sudor de sus cejas con su manga.

—N-No completamente, Vuestra Alteza. La mayoría, sí. Unos pocos pueden ser enseñados para volar entre dos castillos. Tales pájaros son muy apreciados. Y uno muy de vez en cuando puede aprender los nombres de tres o cuatro o cinco castillos, y volar a cada uno de ellos cuando se le ordena. Pájaros tan listos como esos aparecen una vez cada cien años.

Stannis hizo un gesto hacia los negros pájaros en las jaulas.

—Estos dos no son tan listos, supongo.

—No, Vuestra Alteza. Ojala fuera así.

—Decidme, entonces. ¿A dónde están entrenados a volar?

El maestre Tybald no contestó. Theon Greyjoy pateó débilmente y rió por lo bajo. ¡Atrapado!

—Respondedme. Si soltáramos estos pájaros, ¿regresarían a Fuerte Terror? —El rey se inclinó hacia delante—. ¿O, en lugar de eso, volarían a Invernalia?

El maestre Tybald se orinó en sus ropajes. Theon no podía ver la oscura mancha expandiéndose desde donde colgaba, pero el olor de la orina era claro y fuerte.

—El maestre Tybald ha perdido su lengua, —señaló Stannis a sus caballeros—. Godry, ¿cuántas jaulas has encontrado?

—Tres, Alteza, —dijo el corpulento caballero del peto plateado—. Una estaba vacía.

—Vu-vuestra Alteza, mi orden jura servir, nosotros…

—Lo sé todo sobre vuestros votos. Lo que quiero saber es qué decía la carta que habéis enviado a Invernalia. ¿Tal vez comunicasteis a Lord Bolton dónde encontrarnos?

—S-sire. —Los redondeados hombros de Tybald se alzaron con orgullo. —Las reglas de mi orden me prohíben divulgar los contenidos de las cartas de Lord Arnolf.

—Vuestros votos son más fuertes que vuestra vejiga, parece.

—Vuestra Alteza debe entender…”

—¿Debo? —El rey se encogió de hombros—. Si eso creéis. Sois un hombre de conocimiento, después de todo. Tuve un maestre en Rocadragón que era casi un padre para mí. Tengo un gran respeto por vuestra orden y sus votos. Sin embargo, Sir Clayton no comparte mis sentimientos. Si os pongo a su cargo, podría estrangularos con vuestra propia cadena o sacaros el ojo con una cuchara.

—Sólo uno, Alteza, —comentó voluntarioso el calvo caballero, el del cerdo alado—. Le dejaría el otro.

—¿Cuántos ojos necesita una maestre para leer una carta?, —preguntó Stannis—. Uno debería ser suficiente, creo. No deseo dejaros incapaz de llevar a cabo vuestros deberes para con vuestro señor. Sin embargo, los hombres de Roose Bolton pueden estar dirigiéndose a atacarnos incluso en estos momentos, por lo que debéis entender si prescindo de ciertas cortesías. Os lo preguntaré una vez más. ¿Qué había en el mensaje que enviasteis a Invernalia?

El maestre se estremeció.

—Un m-mapa, Alteza.

El rey se reclinó en su silla.

—Sacadlo de aquí, —ordenó—. Dejad los cuervos. —Una vena latía en su cuello—. Confinad esta gris desgracia a una de las cabañas hasta que decida qué hacer con él.

—Así se hará, —declaró el corpulento caballero. El maestre se desvaneció en medio de otro golpe de frio y nieve. Solo el caballero de las tres polillas permanecía.

Stannis fulminó con la mirada al colgante Theon.

—No eres el único cambiacapas aquí, parece. Ojalá que todos los caballeros en los Siete Reinos tuvieran un solo cuello… —Se volvió hacia su caballero—. Sir Richard, mientras estoy desayunando con Lord Arnolf, debéis desarmar a sus hombres y ponerlos bajo custodia. La mayoría estarán dormidos. No les hagáis daño alguno, a menos que se resistan. Podría ser que fueran ignorantes. Interroga a algunos acerca de este punto… pero dulcemente. Si no tienen conocimiento de esta traición, tendrán una oportunidad para probar su lealtad. —Agitó una mano para despedirlo—. Enviadme a Justin Massey.

Otro caballero, supo Theon en cuanto Massey entró. Este era bien parecido, con una barba rubia limpiamente recortada y pelo liso y espeso, tan pálido que parecía más blanco que dorado. Su túnica portaba la espiral triple, un signo antiguo para una Casa antigua.

—Se me ha comunicado que Vuestra Alteza necesita de mí, —dijo con la rodilla en el suelo. Stannis asintió con la cabeza.

—Escoltaréis al banquero braavosi de regreso al Muro. Escoged seis buenos hombres y tomad doce caballos.

—¿Para montar o para comer?

Al rey no le pareció divertido el comentario.

—Os quiero lejos antes del mediodía, ser. Lord Bolton podría atacarnos en cualquier momento, y es imperativo que el banquero regrese a Braavos. Debéis acompañarlo a través del Mar Estrecho.

—Si va a haber una batalla, mi lugar está aquí con vos.

—Vuestro lugar está donde yo diga. Tengo quinientas espadas tan buenas como la vuestra, o mejores, pero vos tenéis maneras agradables y una lengua locuaz, y me serán más útiles en Braavos que aquí. El Banco de Hierro me ha abierto sus cofres. Recogeréis su dinero y contrataréis barcos y mercenarios. Una compañía de buena reputación, si podéis encontrar alguna. La Compañía Dorada sería mi primera elección, si no estuvieran bajo contrato. Buscadlos en las Tierras Disputadas, si es necesario. Pero primero contratad tantas espadas como podáis encontrar en Braavos y enviádmelas por Guardiaoriente. También arqueros, necesitamos más arcos.

Un mechón del pelo de Ser Justin había caído sobre uno de sus ojos. Se lo recolocó y dijo:

—Los capitanes de las compañías libres se unirían a un señor con mayor agrado que a un mero caballero, Alteza. No poseo ni tierras, ni título, ¿por qué deberían venderme sus espadas?

—Acudid a ellos con ambas manos llenas de dragones dorados, —dijo el rey en tono ácido—. Eso resultará persuasivo. Veinte mil hombres deberían bastar. No regreséis con menos.

—Sire, ¿puedo hablar libremente?

—Solo si habláis rápido.

—Vuestra Alteza debería ir a Braavos con el banquero.

—¿Es ese vuestro consejo? ¿Que debería huir? —La cara del rey se oscureció—. También fue ese vuestro consejo en el Aguasnegras, si recuerdo bien. Cuando la batalla se volvió contra nosotros, dejé que vos y Horpe me arrastrarais de regreso a Rocadragón como un perro apaleado.

—El día estaba perdido, Alteza.

—Sí, eso dijisteis. ‘El día está perdido, sire. Retroceded ahora para poder pelear otro día’. Y ahora queréis que salga corriendo por el Mar Estrecho…

—…para levantar un ejército, sí. Como Bittersteel hizo tras la Batalla del Campo Hierbarroja, donde Daemon Fuegoscuro cayó.

—No me deis lecciones de historia, ser. Daemon Fuegoscuro fue un rebelde y un usurpador, Bittersteel era un bastardo. Cuando huyó, juró que regresaría para poner a un hijo de Daemon sobre el Trono de Hierro. Nunca lo hizo. Las palabras son viento, y el viento que empuja exiliados por el Mar Estrecho raramente los vuelve a traer. Ese chico, Viserys Targaryen también hablaba de regresar. Se me escapó entre los dedos en Rocadragón, tan solo para malgastar su vida mendigando mercenarios. ‘El rey mendigo’, lo llamaban en las Ciudades Libres. Bien, yo no mendigo, no huiré de nuevo. Soy el heredero de Robert, el legítimo rey de Poniente. Mi lugar está entre mis hombres. El vuestro está en Braavos. Id con el banquero, y haced lo que os he mandado.

—Como ordenéis, —dijo Ser Justin.

—Podría ser que perdiéramos esta batalla, —dijo el rey sombríamente—. En Braavos podéis oír que estoy muerto. Puede que incluso sea cierto. Debéis encontrar mis mercenarios pese a todo.

El caballero dudó.

—Alteza, si estáis muerto…

—…vengaréis mi muerte, y sentaréis a mi hija en el Trono de Hierro. O moriréis en el intento.

Ser Justin puso una mano sobre la empuñadura de su espada.

—Sobre mi honor de caballero, tenéis mi palabra.

—Oh, y llevaos la chica Stark con vos. Entregádsela al Lord Comandante Nieve en vuestro camino a Guardiaoriente. —Stannis golpeó con los dedos el pergamino que reposaba ante él—. Un auténtico rey paga sus deudas.

Las paga, sí, pensó Theon. Las paga con moneda falsa. John Nieve vería a través de la impostura a la primera. El resentido bastardo de Stark había conocido a Jeyne Poole, y siempre había tenido cariño a su pequeña medio hermana Arya.

—Los hermanos negros os acompañarán hasta el Castillo Negro, —siguió el rey—. Los hombres del hierro permanecerán aquí, supuestamente para luchar por nosotros. Otro regalo de Tycho Nestoris. Como yo lo veo, tan solo nos retrasarán. Los hombres del hierro se hicieron para los barcos, no los caballos. Lady Arya debe tener compañía femenina, también. Tomad a Alysane Mormont.

Ser Justin se colocó el peló de nuevo.

—¿Y Lady Asha?

El rey lo consideró durante un momento. “No”.

—Un día, Vuestra Alteza necesitará tomar las Islas del Hierro. Será mucho más fácil con la hija de Balon Greyjoy como marioneta, con uno de vuestros leales hombres como su señor esposo.

—¿Vos? —El rey frunció el ceño—. La mujer está casada, Justin.

—Un matrimonio por poderes, nunca consumado. Fácil de anular. Además, el novio es anciano. Puede que muera pronto.

A causa de una espada a través de su barriga, si llegas a tenerla a tu alcance, sir gusano. Theon sabía cómo pensaban estos caballeros.

Stannis apretó los labios.

—Servidme bien en este asunto de los mercenarios, y puede que consigáis vuestro deseo. Hasta entonces, la mujer debe seguir siendo mi cautiva.

Ser Justin inclinó su cabeza.

—Comprendo.

Eso solo pareció irritar al rey.

—No necesito vuestra comprensión. Solo vuestra obediencia. Poneos en camino, ser.

Esta vez, cuando el caballero marchó, el mundo de más allá de la puerta pareció más blanco que negro.

Stannis Baratheon caminó por la estancia. La torre era pequeña, húmeda y estrecha. Unos cuantos pasos llevaron al rey hasta Theon.

—¿Cuántos hombres tiene Bolton en Invernalia?

—Cinco mil. Seis. Más. —Hizo una horrible mueca al rey, todo dientes rotos y astillados—. Más que vos.

—¿Cuántos pretende enviar contra nosotros?

—No más de la mitad. —Era una suposición, cierto, pero le parecía correcta. Roose Bolton no era hombre que se lanzara ciegamente a la nieve, con mapa o sin él. Mantendría su fuerza principal en reserva, sus mejores hombres junto a él, confiado en el masivo muro doble de Invernalia—. El castillo estaba abarrotado. Los hombres estaban a punto de lanzarse al cuello unos de otros, los Manderly y Frey en especial. Serán ellos a los que su señoría enviará tras vos, aquellos de los que se alegrará de librarse.

—Wyman Manderly. —La boca del rey se torció con desprecio—. Lord Demasiado-gordo-para-montar-a-caballo. Demasiado gordo para venir a mí, aunque no para ir a Invernalia. Demasiado gordo para doblar su rodilla y ofrecerme su espada, aunque ahora la blande por Bolton. Envié a mi Señor de la Cebolla a tratar con él, y el Señor Demasiado-gordo hizo una carnicería con él y colgó su cabeza y manos sobre los muros de Puerto Blanco para que se regodearan los Frey. Y los Frey… ¿ha sido olvidada ya la Boda Roja?

—El norte recuerda. La Boda Roja, los dedos de Lady Hornwood, el saqueo de Invernalia, Bosquespeso y Ciudadela Torrhen, lo recuerdan todo—. Bran y Rickon. Solo eran los hijos del molinero—. Frey y Manderly nunca juntarán sus fuerzas. Vendrán por vos, pero por separado. Lord Ramsay no estará lejos, en su retaguardia. Quiere a su novia de regreso. Quiere a su Hediondo—. La sonrisa de Theon fue a medias una risita y a medias un sollozo—. Lord Ramsay es al que Vuestra Alteza debe temer.

Stannis se erizó al oírlo.

—Derroté a vuestro tio Victarion y su Flota del Hierro en las costas de Fair Isle, la primera vez que vuestro padre se coronó. Mantuve Bastión de Tormentas contra el poder de El Rejo durante un año, y tomé Rocadragón de los Targaryen. Aplasté a Mance Rayder en el Muro, aunque me superaba veinte veces. Dime, cambiacapas, ¿qué batallas ha ganado el Bastardo de Bolton para que deba temerlo?

¡No debéis llamarle eso! Una ola de dolor atravesó a Theon Greyjoy. Cerró los ojos e hizo una mueca. Cuando los volvió a abrir, dijo “No lo conocéis”.

—No más de lo que él me conoce a mí.

—Me conoce, —gritó uno de los cuervos que el maestre había dejado atrás. Golpeó sus negras alas contra las barras de su jaula—. Conoce, —gritó de nuevo. Stannis se volvió.

—Detén ese ruido.

Detrás de él, la puerta se abrió. Los Karstark habían llegado.

Doblado y retorcido, el castellano de Bastión Kar se inclinaba pesadamente sobre su bastón a medida que se acercaba a la mesa. La capa de Lord Arnolf era de fina lana gris, bordeada en sable negro y abrochada con una estrella plateada. Un rico adorno, pensó Theon, sobre un pobre remedo de hombre. Había visto esa capa antes, lo sabía, y había visto al hombre que la llevaba. En Fuerte Terror. Recuerdo. Se sentó y cenó con Lord Ramsay y Umber Mataputas, la noche que sacaron a Hediondo de su celda.

El hombre junto a él solo podía ser su hijo. Cincuenta, juzgó Theon, con cara redonda y blanda, como la de su padre, si Lord Arnolf engordara. Tras él, caminaban tres hombres más jóvenes. Los nietos, asumió. Uno llevaba cota de malla. El resto estaban vestidos para el desayuno, no para la batalla. Estúpidos.

—Alteza. —Arnolf Karstark inclinó su cabeza—. Es un honor. —Buscó un asiento. En su lugar, sus ojos encontraron a Theon—. ¿Y quién es este? —El reconocimiento llegó un latido después de las palabras. Lord Arnolf palideció. Su estúpido hijo permaneció ajeno.

—No hay sillas, —observó el bobalicón. Uno de los cuervos gritó dentro de su jaula.

—Solo la mía. —Stannis se sentó en ella—. No es el Trono de Hierro, pero aquí y ahora cumple su cometido—. Una docena de hombres entraron a través de la puerta de la torre, liderados por el caballero de las polillas y el hombre corpulento con el peto plateado—. Sois hombres muertos, comprendedlo, —siguió el rey—. Sólo queda por determinar la manera de vuestra muerte. Estáis avisados, así que no me hagáis perder el tiempo con negaciones. Confesad y tendréis el mismo final amable que el Joven Lobo dio a Lord Rickard. Mentid y arderéis. Escoged.

—Yo escojo esto. —Uno de los nietos agarró la empuñadura de su espada e intentó desenfundarla.

Eso probó ser un pobre elección. La hoja del nieto no se había liberado de su vaina cuando dos de los caballeros del rey estuvieron sobre él. Terminó con su antebrazo en el suelo y la sangre brotando del muñón, y con uno de sus hermanos tropezando hacia las escaleras, sujetándose una herida en la barriga. Subió seis escalones antes de caer de nuevo al suelo.

Ni Arnolf Karstark ni su hijo se movieron.

—Lleváoslos, —ordenó el rey—. Verlos me revuelve el estómago. —En unos instantes, los cinco hombres habían sido atados y sacados de la estancia. El que había perdido el brazo de la espada se había desmayado por la pérdida de sangre, pero su hermano de la barriga herida gritaba por los dos—. Así trato con la traición, cambiacapas, —informó Stannis a Theon.

—Mi nombre es Theon.

—Como deseéis. Decidme, Theon, ¿cuántos hombres tenía con él Mors Umber en Invernalia?

—Ninguno. Hombres no. —Hizo una mueca ante su propio ingenio—. Tenía niños. Yo los vi. —Aparte de un puñado de sargentos casi inválidos, los guerreros que Carroña había traído desde Último Refugio apenas eran lo suficientemente mayores para afeitarse—. Sus lanzas y hachas tenían más edad que las manos que las empuñaban. Era Mataputas Umber quien tenía los hombres, dentro del castillo. También los vi. Viejos, todos ellos. —Theon rió—. Mors se llevó los jovencitos y Hother los barbagrises. Todos los hombres de verdad se fueron con Gran Jon y murieron en la Boda Roja. ¿Es lo que queríais saber, Alteza?

El rey Stannis ignoró la burla.

—Niños, —fue todo lo que dijo, con disgusto—. Los niños no sostendrán mucho a Lord Bolton.

—No mucho, —estuvo de acuerdo Theon—. No mucho en absoluto.

—No mucho, —gritó el cuervo desde su jaula. El rey lanzó una mirada irritada al pájaro.

—Ese banquero braavosi afirmaba que Ser Aenys Frey está muerto. ¿Hizo eso un niño?

—Veinte niños barbilampiños, con picas, —le dijo Theon—. La nieve cayó con fuerza durante días. Tan fuerte que no podías ver los muros del castillo desde diez yardas, no más de lo que los hombres de las almenas podían ver más allá de esos muros. Así que Carroña ordenó a sus niños que cavaran fosos fuera de las puertas del castillo, entonces sopló su cuerno para atraer a Lord Bolton fuera. En su lugar, consiguió a los Frey. La nieve había cubierto los fosos, así que cabalgaron hacia ellos. Aenys se rompió el cuello, oí, pero Ser Hosteen solo perdió un caballo, una auténtica pena. Estará enfadado.

Extrañamente, Stannis sonrió.

—Los enemigos enfadados no me preocupan. La ira hace a los hombros estúpidos, y Hosteen Frey ya era estúpido para empezar, si la mitad de lo que he oído de él es cierto. Dejémosle venir.

—Lo hará.

—Bolton se equivoca, —declaró el rey—. Todo lo que tenía que hacer era sentarse dentro de su castillo mientras nos morimos de hambre. En su lugar, ha enviado parte de su fuerza para presentar batalla. Sus caballeros irán montados, los nuestros deberán pelear a pie. Sus hombres estarán bien alimentados, los nuestros irán a la batalla con barrigas vacías. Nada importa. Ser Estúpido, Lord Demasiado-gordo, el Bastardo, dejadlos venir. Dominamos el terreno, y eso se convertirá en nuestra ventaja.

—¿El terreno? —dijo Theon—. ¿Qué terreno? ¿Aquí? ¿Está torre mal levantada? ¿Esta ruina de poblacho? No hay terreno alto aquí, ni muros tras los que ocultarse, ni defensas naturales.

—Aún.

—Aún, —gritaron los dos cuervos al unísono. Después, uno graznó y el otro murmuró, “Árbol, árbol, árbol”.

La puerta se abrió. Más allá, el mundo era blanco. El caballero de las tres polillas entró, sus piernas cubiertas de nieve. Golpeó con el pie para sacudírsela y habló.

—Alteza, los Karstark han sido arrestados. Unos pocos se resistieron y murieron por ello. La mayoría estaban demasiado confusos y se rindieron sin problema. Los hemos reunido en la Sala Larga y los hemos confinado allí.

—Bien hecho.

—Dicen que no saben nada. Los que hemos interrogado.

—Eso dicen.

—Podemos interrogarlos con métodos más persuasivos…

—No. Los creo. Karstark no podría haber guardado el secreto de su traición si la hubiera compartido con cada criado de baja cuna a su servicio. Algún lancero borracho podría haberla mencionado una noche mientras yacía con una puta. No necesitaban saber. Son hombres de Bastión Kar. Cuando el momento hubiera llegado, habrían obedecido a sus señores, como han hecho toda su vida.

—Como digáis, sire.

—¿Qué hay de vuestras pérdidas?

—Uno de los hombres de Lord Peasebury murió y dos de los míos fueros heridos. Sin embargo, si os place, Alteza, los hombres están muy nerviosos. Cientos de ellos se han reunido alrededor de la torre, preguntándose qué ha pasado. Historias de traición corren de boca en boca. Nadie sabe en quién confiar, o quién será el siguiente en ser arrestado. Los norteños, especialmente…

—Tengo que hablar con ellos. ¿Sigue esperando Wull?

—Él y Artos Flint. ¿Los recibiréis?

—Enseguida. Primero, la kraken.

—Como ordenéis. —El caballero se retiró.

Mi hermana, pensó Theon, mi dulce hermana. Aunque había perdido toda sensación en sus brazos, sintió como se le revolvían las tripas, lo mismo que cuando ese banquero braavosi sin sangre lo presento a Asha como un ‘regalo’. El recuerdo aún le irritaba. El corpulento caballero de calva incipiente que la acompañaba no había tardado en pedir ayuda, por lo que no habían tenido más que unos momentos antes de que Theon fuera arrastrado para encarar al rey. Fue suficiente. Había odiado la mirada en la cara de Asha cuando se dio cuenta de quién era; el asombro en sus ojos, la piedad en su voz, la manera en que su boca se torció con disgusto. En lugar de abalanzarse para abrazarle, había dado un paso atrás. “¿El Bastardo te ha hecho esto?”, había preguntado.

“No le llames eso”. Entonces, las palabras salieron a borbotones de Theon. Trató de contarle todo, todo sobre Hediondo y el Fuerte Terror y Kyra y las llaves, como Lord Ramsay no tomaba más que piel, salvo que tú le suplicaras. Le dijo como había salvado a la chica, saltando desde el muro del castillo a la nieve. “Volamos. Deja que Abel haga una canción sobre ello, volamos”. Entonces, tuvo que contarle quién era Abel y hablar acerca de las lavanderas. Para entonces, Theon se dio cuenta de lo extraño e incoherente que sonaba todo, aunque las palabras no se detuvieron. Tenía frio, estaba enfermo y cansado… y débil, tan débil, tan absolutamente débil.

Ella tenía que comprender. Ella es mi hermana. Él nunca tuvo la intención de hacer daño a Bran o a Rickon. Hediondo le hizo asesinar a esos niños, no Hediondo él, sino el otro. “No soy un asesino de mi propia sangre”, insistió. Le contó como compartía la cama con las putas de Ramsay, la advirtió de que Invernalia estaba repleta de fantasmas. “Las espadas han desaparecido. Cuatro, creo, o cinco. No lo recuerdo. Los reyes de piedra están enfadados”. Para entonces, estaba temblando, agitado como una hoja en otoño. “El árbol corazón conocía mi nombre. Los antiguos dioses. Theon, les oí susurrar. No había viento, pero las hojas se movían. Theon, decían. Mi nombre es Theon”. Era bueno decir el nombre. Cuanto más lo decía, más difícil resultaba olvidarlo. “Tienes que conocer tu nombre”, había dicho a su hermana. “Tú… Tú me dijiste que eras Esgred, pero era mentira. Tu nombre es Asha”.

“Lo es”, había dicho su hermana, tan suavemente que temió que podría estar llorando. Theon odiaba eso. Odiaba a las mujeres lloriqueando. Jeyne Poole había lloriqueado todo el camino desde Invernalia hasta aquí, lloriqueado hasta que su cara se puso púrpura como una remolacha y las lágrimas se habían congelado en sus mejillas, y todo porque él le había contado que debía seguir siendo Arya, o los lobos podrían enviarlos de regreso. “Te entrenaron en un burdel”, le recordó, susurrando en su oído para que los otros no pudieran oírle. “Jeyne es lo más parecido a una puta, debes seguir siendo Arya”. No quería herirla. Era por su propio bien, y el suyo. Ella debía recordar su nombre. Cuando la punta de su nariz se volvió negra por la congelación, y uno de los jinetes de la Guardia de la Noche le dijo que perdería una parte, Jeyne había lloriqueado sobre ello también. “A nadie le importará el aspecto de Arya, en tanto en cuenta sea la heredera de Invernalia”, le aseguró. “Un centenar de hombres querrán desposarla. Un millar”.

El recuerdo dejó a Theon temblando en sus cadenas.

—Dejadme bajar, —suplicó—. Solo por un momento, después podéis colgarme de nuevo. —Stannis Baratheon lo miró desde abajo, pero no contestó. “Árbol”, gritó un cuervo. “Árbol, árbol, árbol”.

Entonces, el otro pájaro dijo “Theon”, claro como el día, en el momento en que Asha caminaba atravesando la puerta.

Qarl la Doncella estaba con ella, y Tristifer Botley. Theon conocía a Botley desde que eran niños, creciendo juntos en Pyke. ¿Por qué se había traído sus mascotas? ¿Pretendería liberarlo? Acabaría como los Karstark si lo intentaba.

Al rey tampoco le complació su presencia.

—Vuestros guardias pueden esperar fuera. Si pretendiera haceros daño, dos hombres no me disuadirían.

Los nacidos del hierro inclinaron la cabeza y se retiraron. Asha hincó una rodilla.

—Vuestra Alteza. ¿Tiene que estar así encadenado mi hermano? Parece una pobre recompensa por haberos traído a la chica Stark.

La boca del rey se retorció.

—Tenéis una lengua valiente, milady. No muy diferente de la de vuestro hermano cambiacampas.

—Gracias, Alteza.

—No era un cumplido. —Stannis lanzó una larga mirada a Theon—. La aldea carece de calabozos, y tengo más prisioneros de lo que había anticipado al detenernos aquí. —Hizo un gesto a la arrodillada Asha—. Podéis levantaros.

Se puso de pie.

—El braavosi pagó el rescate de mis siete hombres a Lady Glover. Con alegría yo pagaría un rescate por mi hermano.

—No hay suficiente oro en vuestras Islas del Hierro. Las manos de vuestro hermano están empapadas de sangre. Farring me urge para que lo entregue a R’hllor.

—También Clayton Suggs, no lo dudo.

—Él, Coliss Penny, todos los demás. Incluso aquí Sir Richard, que solo ama al Señor de la Luz cuando sirve a sus propósitos.

—El coro del dios rojo solo conoce una canción.

—En tanto la canción sea placentera a los oídos de dios, dejémosles cantar. Los hombres de Lord Bolton estarán aquí antes de lo que crees. Solo Mors Umber permanece entre nosotros y él, y tu hermano me cuenta que sus filas están formadas enteramente por jóvenes barbilampiños. A los hombres les gusta saber que su dios está con ellos cuando van a la batalla.

—No todos tus hombres adoran al mismo dios.

—Soy consciente de eso. No soy el tonto que fue mi hermano.

—Theon es el último hijo superviviente de mi madre. La muerte de sus hermanos la hizo añicos. Su muerte aplastará lo que queda de ella… Pero no he venido para suplicaros por su vida.

—Sabio. Lo lamento por vuestra madre, pero no perdono la vida de los cambiacapas. Especialmente de este. Asesinó a dos hijos de Eddard Stark. Cada norteño a mi servicio me abandonaría si le mostrará alguna clemencia. Vuestro hermano debe morir.

—Entonces, haced la tarea vos mismo, Alteza. —El frio en la voz de Asha hizo que Theon temblara en sus cadenas—. Llevadle por el lago al islote en el que crecen los árboles corazón y cortad su cabeza con esa espada hechizada que portáis. Así es como Eddard Stark lo hubiera hecho. Theon asesinó a los hijos de Lord Stark. Dádselo a los dioses de Lord Stark. Los antiguos dioses del norte. Dádselo al árbol.

Y de repente, se produjo un salvaje golpeteo, cuando los cuervos del maestre comenzaron a saltar y golpear las jaulas con sus alas, sus negras plumas volando a medida que golpeaban los barrotes con bajos y estridentes graznidos. “El árbol”, graznó uno, “el árbol, el árbol”, mientras que el segundo tan solo gritaba, “Theon, Theon, Theon”.

Theon Greyjoy sonrió. Saben mi nombre, pensó.