Los vientos del invierno: Arianne

Aviso de Spoiler

Si no has leído “Danza de dragones”, este texto te revelará detalles que podrías no querer conocer de antemano. Quedas advertido.

**********************************************************************************

Las pasadas navidades, George R.R. Martin publicó un nuevo adelanto del siguiente libro de “Canción de hielo y fuego”, que se titulará “The Winds of Winter” (Los vientos del invierno). Se trata de un capítulo relatado por la princesa Arianne de Dorne, a quién habíamos dejado en Lanza del Sol, tras su fracasado complot para coronar a Myrcella Baratheon. En el capítulo, su padre, el príncipe Doran la envía a encontrarse con el recién desembarcado Jon Connington y establecer si quién le acompaña es el resucitado hijo de Elia y Rhaegar.

El texto original está en http://georgerrmartin.com/if-sample.html y evidentemente, es Copyright © 2013 by George R.R. Martin.

Edición de Mayo de 2014. Además de está, hay dos muestras adicionales:

  • Theon (relatado por el desafortunado heredero de las Islas del Hierro, a quién habíamos perdido de vista hace algún tiempo, hasta el punto de creer que estaba muerto.).
  • Mercy (relatado por… Mercy, nos muestra los acontecimientos de la noche del estreno de La mano sangrienta, la obra en la que se narra el principio de la Guerra de los Cinco Reyes en la ciudad libre de Braavos)

Arianne

La mañana en la que abandonó los Jardines del Agua, su padre se levantó de la silla para besarla en ambas mejillas.

—El destino de Dorne parte contigo, hija —dijo, mientras apretaba el pergamino en su mano—. Parte rauda, ve segura, sé mis ojos y mis oídos y mi voz… pero sobre todo, ten cuidado.

—Lo tendré, Padre. —Ni una lágrima surgió de sus ojos. Arianne Martell era una princesa de Dorne, y los dornienses no malgastan el agua a la ligera. Pero, en cualquier caso, estuvo cerca. No fueron los besos de su padre, ni sus ásperas palabras las que hicieron que sus ojos centellearan, sino el esfuerzo que lo puso en pie, sus temblorosas piernas bajo él, sus articulaciones devoradas e inflamadas por la gota. Ponerse de pie era un acto de amor. Ponerse de pie era un acto de fe.

Cree en mí. No le fallaré.

Siete partieron en compañía en siete corceles de las arenas dornienses. Un grupo pequeño viaja más raudo que uno grande, pero la heredera de Dorne no cabalga sola. Desde Bondad Divina llegó Ser Daemon Arena, el bastardo; una vez escudero del Príncipe Oberyn, ahora escudo juramentado de Arianne. De Lanza del Sol, dos bravos jóvenes caballeros, Joss Hood y Garibald Shells, para unir sus espadas a la suya. Desde los Jardines del Agua, siete cuervos y un joven muchacho alto para atenderlos. Su nombre era Nate, pero había trabajado con los pájaros desde hacía tanto tiempo que nadie le llamaba otra cosa que Plumas. Y como una princesa debe tener alguna mujer para atenderla, su compañía también incluía a la hermosa Jayne Ladybright y a la salvaje Elia Arena, una doncella de catorce años.

Galoparon hacia el noroeste, a lo largo de tierras baldías y llanuras resecas y pálidas arenas hacia Colina Fantasma, la fortaleza de la Casa Toland, donde el bajel que los llevaría a través del Mar de Dorne los aguardaba.

—Envía un cuervo en cuanto tengas noticias —le había pedido el príncipe Doran—, pero informa solo de lo que sepas que es cierto. Aquí estamos perdidos en la niebla, rodeados de rumores, falsedades e historias de viajeros. No me atrevo a actuar hasta que sepa con certeza qué está aconteciendo.

La guerra está aconteciendo, pensó Arianne, y esta vez Dorne no se librará de ella.

—Destino y Muerte se acercan —les había advertido Ellaria Arena antes de que se despidiera del Príncipe Doran—. Es el momento ideal para que mis pequeñas serpientes se dispersen, es lo mejor para sobrevivir a la carnicería.

Ellaria regresaba a la casa de su padre en Sotoinfierno. Con ella fue su hija, Loreza, quien acaba de cumplir los siete años. Dorea permanecía en los Jardines del Agua, una niña entre un centenar. Obella había sido enviada a Lanza del Sol, para servir como copera de la mujer del castellano, Manfrey Martell.

Y Elia Arena, la mayor de las cuatro niñas que el Príncipe Oberyn había engendrado en Ellaria, cruzaría el Mar de Dorne con Arianne. “Como una dama, no una lanza”, había dicho su madre con firmeza, pero como todas las Serpientes de Arena, Elia tenía sus propias ideas.

Cruzaron las arenas en dos largos días y la mayor parte de dos noches, deteniéndose tres veces para cambiar de caballos. Fue un tiempo de soledad para Arianne, rodeada por tantos extraños. Elia era su prima, pero apenas una niña, y Daemon Arena… las cosas nunca habían vuelto a ser lo mismo entre ella y el Bastardo de Bondad Divina después de que su padre rechazara la solicitud de su mano. Era un chico entonces, y nacido bastardo; no era un consorte adecuado para una princesa de Dorne, debería haberlo sabido. Y había sido la voluntad de mi padre, no la mía. Apenas conocía al resto de la compañía.

Arianne echaba de menos a sus amigas. Drey y Garin y su dulce Slyva Pintas habían sido parte de ella desde que era pequeña, confidentes de confianza que habían compartido sus sueños y secretos, que la habían alegrado cuando estaba triste, que la habían ayudado a encarar sus miedos. Uno de ellos la había traicionado, pero ella lo echaba de menos igual. Había sido culpa mía. Arianne los había hecho parte de su complot para huir con Myrcella Baratheon y coronarla reina, un acto de rebelión pensado para forzar la mano de su padre, que la suelta lengua alguien había hecho fracasar. La tosca conspiración no había conseguido nada, excepto costarle a la pobre Myrcella parte de su cara, y a Ser Arys Oakheart su vida.

Arianne echaba de menos también a Ser Arys, más de lo que hubiera llegado a pensar. Él me amó con locura, se dijo a sí misma, pero yo tan solo estaba encariñada de él. Lo use en mi cama y en mi conspiración, tomé su amor y tome su honor, y no le di otra cosa que mi cuerpo. Al final, no habría podido vivir con lo que habíamos hecho. ¿Por qué si no habría cargado directamente hacia el hacha de Areo Hotah, para morir como lo hizo? Fui una tonta chica caprichosa, jugando el juego de tronos como un borracho que lanza los dados.

Alto había sido el coste de su locura. Drey había sido enviado a través del mundo a Norvos, Garin exiliado a Tyrosh por dos años, su dulce, tonta y sonriente Slyva casada con Eldon Estermont, un hombre lo suficientemente mayor como para ser su abuelo. Ser Arys había pagado con la sangre de su vida, Myrcella con una oreja.

Solo Ser Gerold Dayne había escapado sin un rasguño. Estrellaoscura. Si el caballo de Myrcella no la hubiera escudado en el último instante, su mandoble la habría abierto del pecho a la cintura en lugar de arrancarle tan solo una oreja. Dayne fue su más penoso pecado, el que Arianne más lamentaba. Con un golpe de su espada había convertido su fallido complot en algo sucio y sangriento. Si los dioses fueran buenos,  Obara Arena ya lo habría ahorcado en su fortaleza de las montañas y habría puesto fin a su vida.

Se lo comentó a Daemon Arena aquella primera noche, cuando acamparon,

—Tened cuidado con lo que deseáis, princesa —replicó—. Estrellaoscura podría poner fin a Lady Obara con la misma facilidad.

—Ella tiene a Areo Hotah con ella. —El capitán de los guardas del príncipe Doran había despachado a  Ser Arys Oakheart con un simple golpe, aunque la Guardia del Rey se suponía formada por los mejores caballeros del reino—. Ningún hombre puede prevalecer frente a Hotah.

—¿Eso es Estrellaoscura? ¿Un hombre? —Ser Daemon hizo una mueca—. Un hombre no habría hecho lo que le hizo a la Princesa Myrcella. Ser Gerold es más una víbora que lo que jamás lo fue vuestro tío. El príncipe Oberyn podía ver que era veneno, así lo dijo más de una vez. Es una pena que nunca estuviera cerca para asesinarle.

Veneno, pensó Arianne. Sí. Precioso veneno, pensó. Así fue como la había engañado. Gerold Dayne era duro y cruel, pero tan agradable de mirar que la princesa no había creído las historias que había oído sobre él. Los chicos guapos siempre habían sido su debilidad, particularmente los que además eran oscuros y peligrosos. Pero eso fue hace mucho, cuando tan solo era una niña, se dijo a sí misma. Ahora soy una mujer, la hija de mi padre. He aprendido esa lección.

En cuanto rompió el alba, partieron de nuevo. Elia Arena abría el camino, su negra trenza flotando tras ella a medida que cabalgaba por las secas y resquebrajadas llanuras  y subía las colinas. La chica estaba loca por los caballos, lo que podía explicar por qué a menudo olía como uno, para desespero de su madre. Algunas veces, Arianne sentía pena por Ellaria. Cuatro chicas, y cada una de las cuatro eran hijas de su padre.

El resto del grupo mantuvo un paso más tranquilo. La princesa se encontró cabalgando junto a Ser Daemon, recordando otras cabalgatas cuando eran más jóvenes, cabalgatas que a menudo terminaban en abrazos. Cuando se descubrió lanzándole miradas, alto y galante en su silla, Arianne se recordó que era la heredera de Dorne, y que él tan solo era su escudo.

—Cuéntame lo que sepas de ese tal Jon Connington —ordenó.

—Está muerto —replicó Daemon Arena—. Murió en las Tierras de la Discordia. De la bebida, he oído que decían.

—Entonces, ¿un borracho muerto lidera este ejército?

—Quizá este Jon Connington sea el hijo de aquel. O solo es un mercenario listo que ha tomado el nombre de un hombre muerto.

—O que nunca murió realmente. —¿Podría Connington haber pretendido su muerte durante todos esos años? Eso habría requerido una paciencia que era digna de su padre. El pensamiento inquietó a Arianne. Tratar con un hombre tan sutil podría ser peligroso—. ¿Qué era antes de… antes de morir?

—Yo era un niño en Bondad Divina cuando fue enviado al exilio. Nunca conocí al hombre.

—Entonces, cuéntame lo que hayas oído de él a otros.

—Como mi princesa ordene. Connington era Señor de Nido del Grifo cuando Nido del Grifo era aún un señorío digno de tal nombre. El escudero del príncipe Rhaegar, o uno de ellos. Después, gran amigo y compañero del príncipe Rhaegar. El Rey Loco lo nombró Mano durante la Rebelión de Robert, pero fue derrotado en Septo de  Piedra en la Batalla de las Campanas, y Robert se le escabulló. El Rey Aerys montó en cólera y envió a Connington al exilio. Allí murió.

—O no. —El príncipe Doran le había contado todo eso. Debía haber más—. Esas son solo las cosas que hizo. Las conozco todas. ¿Qué clase de hombre era? ¿Honesto y honorable, sobornable y avaro, orgulloso?

—Orgulloso, ciertamente. Incluso arrogante. Un leal amigo de Rhaegar pero susceptible con otros. Era banderizo de Robert, pero he oído que a Connington le irritaba servir a semejante señor. Incluso entonces, Robert era conocido por su afición al vino y las putas.

—¿Sin putas para Lord Jon, pues?

—No sabría decirlo. Algunos hombres mantienen a sus putas en secreto.

—¿Tenía una esposa? ¿Una amante?

Ser Daemon se encogió de hombros.

—Ninguna de la que haya oído hablar.

Eso también era preocupante. Ser Arys Oakheart había roto sus votos por ella, pero no parecía que Jon Connington pudiera ser doblegado de la misma manera. “¿Podría enfrentarme a tal hombre tan solo con palabras?”

La princesa se sumergió en el silencio, meditando en lo que se podía encontrar al final del viaje Esa noche, al acampar, se arrastró a la tienda que compartía con Jayne Ladybright y Elia Arena y sacó el pedazo de pergamino de su manga para leer las palabras de nuevo:

Al príncipe Doran de la Casa Martell,

Espero que me recordéis. Conocí bien a vuestra hermana, y fui un leal sirviente de vuestro cuñado. Me aflijo por ellos tanto como vos. No morí, como no lo hizo el hijo de vuestra hermana. Para salvar su vida lo mantuvimos oculto, pero el tiempo de esconderse ha pasado. Un dragón ha regresado a Poniente para reclamar su derecho de nacimiento y buscar venganza para su padre y para la princesa Elia, su madre.

En su nombre, me vuelvo hacia Dorne. No nos abandonéis.

Jon Connington, Señor de Nido del Grifo, Mano del Auténtico Rey

Arianne leyó la carta tres veces, después la enrollo y la embutió en su manga. Un dragón ha regresado a Poniente, pero no el dragón que mi padre esperaba. En ningún sitio de la misiva se mencionaba a Daenerys de la Tormenta… ni al príncipe Quentyn, su hermano, quién había sido enviado a buscar a la reina dragón. La princesa recordó como su padre había apretado la  pieza de ónice del cyvasse en su palma, su voz ronca y baja, a medida que confesaba su plan. Un largo y peligroso viaje, con una incierta bienvenida al final, había dicho. Se ha marchado para traer de regreso el deseo de nuestro corazón. Venganza. Justicia. Fuego y sangre.

Fuego y sangre era lo que Jon Connington (si finalmente resultaba ser él) ofrecía también. ¿O no lo era?

—Llega con mercenarios, pero sin dragones —le había dicho el príncipe Doran, la noche en la que llegó el cuervo—. La Compañía Dorada es la mejor y mayor de las compañías libres, pero diez mil mercenarios no pueden esperar conquistar los Siete Reinos. El hijo de Elia… Lloraría de alegría si algo de mi hermana hubiera sobrevivido pero, ¿qué prueba tenemos de que sea Aegon? —Su voz se rompió cuando lo dijo—. ¿Dónde están los dragones? —pregunto—. ¿Dónde está Daenerys? —Y Arianne sabía que lo que realmente preguntaba era “¿Dónde está mi hijo?”.

En el Sendahueso y el Paso del Príncipe, dos huestes de Dorne se habían reunido y allí permanecían, afilando sus lanzas, puliendo sus armaduras, jugando a los dados, bebiendo, peleando,  con su número menguando día a día, esperando, esperando, esperando a que el príncipe de Dorne los lanzara sobre los enemigos de la Casa Martell. Esperando a los dragones. Al fuego y la sangre. Esperándome a mí. Una palabra de Arianne y esos ejércitos marcharían… siempre y cuando esa palabra fuera “dragón”. Si en cambio la palabra era “guerra”, Lord Yronwood y Lord Fowler y sus ejércitos permanecerían en el sitio. Ante todo, el príncipe de Dorne es sutil; aquí, “guerra” significaba esperar.

A media mañana del tercer día, Colina Fantasma se alzaba ominosa ante ellos, sus muros de pizarra blanca brillando contra el azul oscuro del Mar de Dorne. En las cuadradas torres que guardaban las esquinas del castillo flameaban las insignias de la Casa Toland; un dragón verde mordiendo su propia cola sobre un campo de oro. El sol-y-lanza de la Casa Martell flotaba sobre la gran fortaleza central, oro y rojo y naranja, desafiante.

Los cuervos habían volado delante de ellos para avisar a Lady Toland de su llegada, así que las puertas del castillo estaban abiertas, y la hija mayor de Nymella cabalgó con su mayordomo para reunirse con ellos al fondo de la colina. Alta y feroz, con una llamarada de brillante pelo rojo cayéndole sobre los hombros, Valena Toland saludó con un grito:

—Al fin has llegado, ¿no? ¿Cómo de lentos son esos caballos?

—Lo suficientemente ligeros para ganar a los vuestros hasta las puertas del castillo.

—Eso lo tenemos que ver. —Valena hizo girar a su gran corcel rojo y clavó sus talones en él, y la carrera comenzó, atravesando las polvorientas calles de la aldea al pie de la colina, mientras gallinas y aldeanos se alejaban de su camino. Arianne iba tres largos de caballo detrás para cuando logró que su yegua se pusiera al galope, pero se había acercado a uno y medio subiendo la cuesta. Ambas estaban lado a lado a medida que se precipitaban hacia la entrada de la casa, pero a cinco yardas de las puertas, Elia Arena salió volando de la nube de polvo detrás de ellas para superarlas a las dos en su potra negra.

—¿Eres medio caballo, niña? —preguntó Valena, riendo en el patio —. Princesa, ¿habéis traído con vos una moza de establo?

—Soy Elia —anunció la chica—. Lady Lanza.

Quienquiera que le hubiera colgado ese nombre, tenía mucho de lo que responder. Como si había sido el mismo príncipe Oberyn, y eso que la Víbora Roja nunca había contestado ante nadie salvo él mismo.

—La chica justadora —dijo Valena—. Sí, he oído de ti. Ya que has sido la primera en llegar al patio, has ganado el honor de dar agua y desbridar los caballos.

—Y después de eso, busca la casa de baños —dijo la princesa Arianne. Elia era pizarra y polvo desde los talones hasta el pelo.

Esa noche, Arianne y sus caballeros cenaron con Lady Nymella y sus hijas en el Gran Salón del castillo. Teora, la más joven de las chicas, tenía el mismo pelo rojo que su hermana, pero por otro lado no podían ser más diferentes. Baja, rechoncha, y tan tímida que podría pasar por muda, mostraba más interés en la carne especiada y el pato con miel que en los gentiles caballeros de la mesa, y parecía feliz de dejar que su señora madre y su hermana hablaran por la Casa Toland.

—Hemos oído los mismos cuentos que vos en Lanza del Sol —les contó Lady Nymella mientras los sirvientes servían el vino—. Mercenarios desembarcando en el Cabo de la Ira, castillos asediados o tomados, cosechas robadas o quemadas. De dónde vienen esos hombres o quiénes son, nadie lo sabe de cierto.

—Piratas y aventureros, oímos al principio —dijo Valena—. Después, se suponía que era la Compañía Dorada. Ahora, se dice que es Jon Connington, la Mano del Rey Loco, que ha vuelto de la tumba para reclamar su herencia. Quienquiera que sea, el Nido del Grifo ha sucumbido ante él. Aguasmil, Nido del Cuervo, Bosquebruma, incluso Piedraverde en su isla. Todas tomadas.

Los pensamientos de Arianne volaron de repente a su dulce Slyva Pintas.

—¿Quién podría querer Piedraverde? ¿Hubo una batalla?

—Ninguna de la que hayamos oído, pero las historias son confusas.

—Tarth ha caído también, te contarán algunos pescadores —dijo Valena—. Estos mercenarios ahora controlan la mayoría del Cabo de la Ira y la mitad de los Peldaños de Piedra. Hemos oído hablar de elefantes en La Selva.

—¿Elefantes? —Arianne no sabía qué pensar de eso—. ¿Estáis segura? ¿No dragones?

—Elefantes —aseguró con firmeza Lady Nymella.

—Y krakens surgidos del Brazo Roto, apareciendo bajo galeras destrozadas —dijo Valena—. La sangre los atrae a la superficie, clama nuestro maestre. Hay cuerpos en el agua. Unos cuantos han llegado a nuestras costas. Y eso no es ni la mitad. Un nuevo rey pirata se ha asentado en Abismo del Torturador. El Señor de las Aguas, se hace llamar. Este tiene auténticas naves de guerra, tres puentes, monstruosamente grandes. Fuisteis sabia al no venir por mar. Desde que la flota de Redwyne atravesó los Peldaños de Piedra, estas aguas están repletas de extrañas velas, por todo el camino del norte hasta los Estrechos de Tarth y la Bahía de los Naufragios. Myrianos, volantinos, lysenos, incluso saqueadores de las Islas del Hierro. Algunos se han adentrado en el Mar de Dorne para desembarcar hombres en la costa meridional del Cabo de la Ira. Encontramos una buena y rápida nave para vos, como ordenó vuestro padre, pero incluso así… sed cautelosa.

Era cierto, pues. Arianne quería preguntar por su hermano, pero su padre le había urgido a vigilar cada palabra. Si esas naves no habían devuelto a Quentyn a su casa con su reina dragón, mejor no mencionarle. Solo su padre y un puñado de sus hombres de más confianza sabían acerca de la misión de su hermano en la Bahía de los Esclavos. Lady Toland y sus hijas no estaban entre ellos. Si hubiera sido Quentyn, hubiera traído a Daenerys de regreso a Dorne, seguramente. ¿Por qué arriesgarse a un desembarco en el Cabo de la Ira, entre los señores de la Tormenta?

—¿Está Dorne en peligro? —preguntó Lady Nymella—. Confieso que, cada vez que veo una vela extraña, mi corazón se me sube a la garganta. ¿Qué pasaría si esas naves se vuelven hacia el sur? La mejor parte de la fuerza de Toland está con Lord Yronwood en el Sendahueso. ¿Quién defenderá Colina Fantasma si esos extraños desembarcan en nuestras costas? ¿Debo hacer regresar a mis hombres a casa?

—Vuestros hombres son necesarios donde están, mi Señora —le aseguró Daemon Arena. Arianne asintió rápidamente. Cualquier otro consejo bien podría llevar a que la hueste de Lord Yronwood se deshiciera como un tapiz viejo, si cada hombre se apresurara hacia su casa para defender sus propias tierras contra supuestos enemigos que podrían o no llegar alguna vez—. Una vez sepamos con certeza si estos son amigos o enemigos, mi padre sabrá qué hacer —dijo la princesa.

Fue entonces cuando la pastosa y rechoncha Teora levantó sus ojos de los pasteles de su plato.

—Son dragones.

—¿Dragones? —Dijo su madre—. Teora, no seas loca.

—No lo soy. Están viniendo.

—¿Cómo puedes saber eso? —Preguntó su hermana con un tono de burla en so voz—. ¿Uno de tus sueñecitos?

Teora asintió levemente, con su barbilla temblando.

—Están bailando. En mi sueño. Y dónde quiera que los dragones bailan, la gente muere.

—Que los Siete nos salven. —Lady Nymella lanzó un suspiro exasperado—. Si no comieras tantos pasteles de crema, no tendrías esos sueños. Las comidas tan energéticas no son para niñas de tu edad, con los humores tan desequilibrados. El maestre Toman dice…

—Odio al Maestre Toman —dijo Teora. De pronto, saltó de la mesa, dejando a su señora madre que pidiera disculpas por ella.

—Sed gentil con ella, mylady —dijo Arianne—. Recuerdo cuando tenía su edad. Mi padre estaba desesperado conmigo, seguro.

—Puedo atestiguar eso. —Ser Daemon tomó un sorbo de vino y dijo: —La Casa Toland tiene un dragón en sus banderas.

—Un dragón devorando su propia cola, sí. —Dijo Valena—. De los días de la Conquista de Aegon. No conquistó estos lares. En otros sitios, quemó a sus enemigos, él y sus hermanas, pero aquí nos desvanecimos, dejando solo piedra y arena para que quemar. Vueltas y vueltas dieron los dragones, mordiendo sus colas por todo alimento, hasta que formaron un nudo.

—Nuestros antepasados tuvieron su parte en ello —dijo con orgullo Lady Nymella—. Bravas gestas se hicieron y murieron hombres valientes. Todo quedó escrito por los maestres que nos sirvieron. Tenemos libros, si mi princesa quiere saber más.

—Quizá en otra ocasión —dijo Arianne.

Cuando Colina Fantasma dormía esa noche, la princesa se puso una capa con capucha contra el frio y anduvo por las murallas del castillo para aclarar sus pensamientos. Daemon Arena la encontró inclinada sobre el parapeto mirando hacia el mar, donde la luna bailaba sobre el agua.

—Princesa —dijo—. Deberíais estar en cama.

—Podría decir lo mismo de vos. —Arianne se dio la vuelta para mirarle a la cara. Una buena cara, decidió. El chico que conocí se ha convertido en un hombre guapo. Sus ojos eran tan azules como el cielo del desierto, su pelo tenía el castaño claro de las arenas que habían cruzado. Una barba corta destacaba una mandíbula fuerte, pero no podía ocultar los hoyuelos cuando sonreía. Siempre me encantó su sonrisa.

Además, el bastardo de Bondad Divina era una de las mejores espadas de Dorne, como podía esperarse de uno que había sido escudero del príncipe Oberyn y había sido nombrado caballero por la mismísima  Víbora Roja. Algunos decían que había sido el amante de su tío también, aunque rara vez en su cara. Arianne no sabía la verdad de aquello. Había sido su amante, sin embargo. A los catorce, le había entregado su doncellez. Daemon era mucho mayor, así que sus encuentros habían sido tan torpes como ardientes. De cualquier modo, había sido dulce.

Arianne le regaló su sonrisa más seductora.

—Podríamos compartir una cama.

La cara de Ser Daemon era piedra.

—¿Lo habéis olvidado, princesa? Soy de sangre bastarda —tomó su mano en la suya—. Si no merezco esta mano, ¿cómo podía merecer vuestro coño?

Ella retiró su mano.

—Os merecéis una bofetada por eso.

—Mi cara es vuestra. Haced lo que queráis.

—Lo que quiero no es lo que vos queréis, parece. Así sea. Hablad conmigo pues. ¿Podría ser realmente el príncipe Aegon?

—Gregor Clegane arrancó a Aegon de los brazos de Elia y destrozó su cabeza contra la pared —dijo Ser Daemon—. Si el príncipe de Lord Connington tiene el cráneo aplastado, creeré que Aegon Targaryen ha regresado de la tumba. En otro caso, no. Tan solo es un chico fingiendo, no más. Un complot de los mercenarios para ganar apoyos.

Mi padre temía lo mismo.

—Pero si no fuera así… si realmente fuera Jon Connington, si el chico fuera el hijo de Rhaegar…

—¿Tenéis esperanza de que lo sea o de que no lo sea?

—Proporcionaría gran alegría a mi padre si el hijo de Elia estuviera vivo.  Quería bien a su hermana.

—Es a vos a quien pregunto, no a vuestro padre.

Era cierto.

—Tenía siete años cuando Elia murió. Dicen que sostuve a su hija Rhaenys una vez, cuando aún era demasiado pequeña para recordar. Aegon será un extraño para mí, sea verdadero o falso. —La princesa se detuvo—. Buscamos a la hermana de Rhaegar, no a su hermano. —Su padre había confiado en Ser Daemon cuando lo escogió como el escudo de su hija; con él, al menos podía hablar libremente—. Ojalá hubiera sido Quentyn el que hubiera regresado.

—Eso es lo que decís vos —dijo Daemon Arena—. Buenas noches, princesa —Se inclinó ante ella y la dejó allí de pie.

¿Qué quería decir con eso? Arianne lo vio marcharse. ¿Qué clase de hermana sería yo si no quisiera que mi hermano regresara? Es verdad, estaba resentida con Quentyn por todos esos años que había pensado que su padre tenía la intención de nombrarlo heredero en lugar de a ella, pero eso resultó ser tan solo un malentendido. Ella era la heredera de Dorne, tenía la palabra de su padre al respecto. Quentyn tendría a su reina dragón, Daenerys.

En Lanza del Sol colgaba un retrato de la princesa Daenerys que había venido a Dorne a casarse con uno de los antepasados de Arianne. En su juventud, Arianne se había pasado horas mirándolo, cuando solo era una chica rechoncha de pecho plano en la cumbre de su doncellez que rezaba cada noche a los dioses para que la hicieran hermosa. Un centenar de años atrás, Daenerys Targaryen vino a Dorne a hacer la paz. Ahora, otra Daenerys viene a hacer la guerra, y mi hermano iba a ser su rey y consorte. Rey Quentyn. ¿Por qué tenía que sonar tan tonto?

Casi tan tonto como Quentyn cabalgando sobre un dragón. Su hermano era un chico formal, bien educado y obediente, pero obtuso. Y plano, tan plano. Los dioses le habían dado a Arianne la belleza por la que había rezado, pero Quentyn debía haber rezado por otra cosa. Su cabeza era muy grande y algo cuadrada, su pelo tenía el color del barro seco. Además, sus hombros se desplomaban y era demasiado grueso en la mitad. Se parecía mucho a Padre.

—Quiero a mi hermano —dijo Arianne, aunque solo la luna podía oírla. Aunque, si era fiel a la verdad, apenas lo conocía. Quentyn había sido criado por Lord Anders de la Casa Yronwood, el Sangre Regia, el hijo de Lord Ormond Yronwood y nieto de Lord Edgar. En su juventud, su tío Oberyn había luchado en duelo con Edgar, y le había producido una herida que le mortificó y terminó matándolo. Desde entonces, le llamaron “La Víbora Roja” y hablaron de veneno en su hoja. Los Yronwoods eran una Casa antigua, orgullosa y poderosa. Antes de la llegada de los Rhoynar habían sido reyes de la mitad de Dorne, con dominios que empequeñecían los de la Casa Martell. Una venganza de sangre y la rebelión hubiera sido la consecuencia de la muerte de Edgar, si su padre no hubiera actuado inmediatamente. La Víbora Roja marchó a Antigua, y desde allí a lo largo del Mar Angosto hasta Lys, aunque nadie se atrevió a llamarlo exilio. Y a su debido tiempo, Quentyn fue entregado a Lord Anders para que lo criara como un signo de confianza. Eso ayudó a sanar la brecha entre Lanza del Sol y los Yronwoods, pero abrió algunas nuevas entre Quentyn y las Serpientes de Arena… y Arianne siempre había estado más cerca de sus primas que de su lejano hermano.

—Sin embargo, aún somos de la misma sangre —susurró—. Por supuesto que quiero a mi hermano en el hogar. Lo quiero —. El viento que llegaba del mar le ponía la carne de gallina. Arianne se arrebujó la capa sobre el cuerpo y marchó en busca de su cama.

Su nave se llamaba “El Peregrino”. Partieron con la marea matinal. Los dioses fueron bondadosos con ellos, el mar permaneció en calma. Incluso con buenos vientos, el cruce tomó un día y una noche. Jayne Ladybright se mareó y se pasó la mayoría del viaje vomitando, lo que Elia Arena parecía encontrar hilarante. “Alguien debería dar unos azotes a esa niña”, se oyó decir a Joss Hood… y Elia estaba entre los que le oyeron decirlo.

—Soy casi una mujer crecida, ser — respondió altivamente—. Sin embargo, os dejaré azotarme… pero primero tendréis que arremeter contra mí y descabalgarme.

—Estamos en un barco… y sin caballos —replicó Joss.

—Y las señoras no justan —insistió Ser Garibald Shells, un joven mucho más serio y formal que su compañero.

—Yo lo hago. Soy Lady Lanza.

Arianne había oído lo suficiente.

—Puedes ser una lanza, pero no eres una lady. Ve abajo y quédate allí hasta que lleguemos a tierra.

Aparte de este episodio, el cruce transcurrió sin incidentes. Al ocaso divisaron una galera en la distancia, sus remos alzándose y cayendo contra las estrellas vespertinas, pero se alejaba de ellos y pronto se hizo pequeño y desapareció en la distancia. Arianne jugó una partida de cyvasse con Ser Daemon, y otra con Garibald Shells, y de alguna manera se las apañó para perder ambas. Ser Garibald era lo suficientemente amable para decirle que había jugado una partida galante, pero Daemon se burló de ella.

—Tenéis otras piezas además del dragón, princesa. Tratad de moverlas alguna vez.

—Me gusta el dragón —le encantaría borrar la sonrisa de su cara con una bofetada. O con un beso, quizá. El hombre  era tan presumido como bien parecido. De todos los caballeros en Dorne, ¿por qué mi padre ha escogido este para ser mi escudo? Él conoce nuestra historia—. Tan solo es un juego. Contadme acerca del príncipe Viserys.

—¿El Rey Mendigo? —Ser Daemon pareció sorprendido.

—Todo el mundo dice que el príncipe Rhaegar era hermoso. ¿Era Viserys hermoso también?

—Supongo que sí. Era un Targaryen. Nunca vi al hombre.

El pacto secreto que el príncipe Doran había mantenido todos aquellos años estipulaba que Arianne se debía casar con el príncipe Viserys, no Quentyn con Daenerys. Todo se deshizo en el mar Dothraki, cuando Viserys fue asesinado. Coronado con una marmita llena de oro derretido.

—Fue asesinado por un khal Dothraki —dijo Arianne—. El mismísimo esposo de la reina dragón.

—Eso he oído. ¿Y qué?

—Tan solo… ¿por qué Daenerys dejó que pasara? Viserys era su hermano. Todo lo que le quedaba de su propia sangre.

—Los Dothraki son un pueblo salvaje. ¿Quién sabe por qué matan? Quizás Viserys se limpió el culo con la mano equivocada.

Quizá, pensó Arianne, o quizá Daenerys se dio cuenta de que una vez fuera coronado y casado conmigo, estaría condenada a pasar el resto de su vida durmiendo en una tienda y oliendo como un caballo.

—Es la hija del Rey Loco —dijo la princesa—. ¿Cómo podemos saber…?

—No podemos saber —sentenció Ser Daemon—. Sólo podemos tener esperanza.

=============================================

He procurado respetar los nombres de personas y lugares tal y como aparecen en las versiones en español, con la excepción de Bondadivina (Godsgrace), que me parece terrible y he cambiado a Bondad Divina. No he encontrado referencias a Torturer’s Helm, un puerto en los Escalones de Piedra donde el nuevo rey pirata se ha asentado. Lo he traducido por Abismo del Torturador.

Anuncios

Publicado por

Use Arias

Tecnófilo, cienciaficcionero, comicloco... Vas pillando la idea...

3 comentarios sobre “Los vientos del invierno: Arianne”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s